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La lección de Larry Bird
0Me dedico a esto de las redes sociales como podría quizás dedicarme a cualquier otra cosa. Supongo que parte del camino que me ha traído aquí es casualidad y otra parte apuesta personal motivada más por la curiosidad que por la incertidumbre, contra lo habitual en estos tiempos. De eso pronto hará cuatro años.
A veces alguien me pregunta cómo me gano la vida con esto, sobre todo personas que acaban de embarcarse en este mundo buscando una salida a la reconversión industrial del periodismo. Y solo puedo decir que he tenido suerte hasta ahora, lo cual no quiere decir que no haya trabajado para buscarla. Recuerdo la frase de Jacinto Benavente, todo un Nobel de Literatura en 1922, y me la creo cada vez más:
“Todos creen que tener talento es cuestión de suerte; nadie piensa que la suerte puede ser cuestión de talento.”
O lo que es lo mismo: trabajo, esfuerzo, constancia y curiosidad máximos. No se me ocurre otra receta para esto, ni más fácil ni más corta. Si quieres ser bueno en cualquier otra cosa, trabaja duro; si quieres ser mejor que los demás, trabaja más que los demás. Nada te garantiza que lo consigas, pero probablemente si no lo haces tienes garantizado a ciencia cierta que no lo lograrás.
Sobre esa ética de trabajo, a veces algo obsesiva y absorbente, recuerdo igualmente una frase de Larry Bird que se ha convertido en algo así como un mantra para mí:
No sé si he entrenado mas que nadie, pero estoy seguro de que he entrenado bastante. Todavía me pregunto si alguien, en cualquier sitio, estaba entrenando mas que yo”.
Ese pensamiento aparentemente simple de un tipo presuntamente sencillo encierra una profundidad interesante. Bird representó como nadie y durante más de una década el espíritu de lucha y de trabajo de los Boston Celtics, que lideró y convirtió en un equipo espectacular. Fue una estrella indiscutible que siempre valoró más al pasador que al anotador, al creador frente al finalizador, al conjunto sobre la suma de las partes. Alguien que a fin de cuentas pensaba que nada existe si no se trabaja duro por ello, y que los objetivos alcanzados son consecuencia de la voluntad con la que uno se entrega a conseguirlos. Eso al margen de ser un talento descomunal y un líder nato, claro.
Si yo hago lo que hago y me va razonablemente bien supongo que es porque entreno mucho y porque siempre estoy pensando en mejorar. No haría lo que hago si no hubiera invertido miles de horas en intentar averiguar como hacerlo bien, y ni aún así estoy seguro de acertar muchas veces. Dedicarse a las redes sociales no requiere más que eso, tiempo, esfuerzo y curiosidad. Está todo por hacer, y lo harán quienes simplemente crean que hay algo más allá. Yo quiero estar ahí.
Larry Bird también decía que “si das el 100% todo el tiempo, de alguna manera las cosas acaban saliendo bien al final”. Por si acaso, procuro no dejarme nada fuera de la cancha. Si no tiene que salir bien, que no sea porque yo no he entrenado lo suficiente. Si alguien me pidiera algún consejo ahora, supongo que es lo único que sabría decirle.
La fatiga social
1Llevo unos cuatro años dedicándome al mundo de los medios sociales, casi siempre en una redacción, aunque también en los últimos meses en diferentes proyectos formativos y de consultoría para empresas. Supongo que es relativamente poco para una carrera profesional, pero quizás mucho en relación con el periodo de ebullición de estas plataformas. No lo tengo claro. Lo que sí veo cierto es una fatiga social creciente en mí, irregular en los días pero evidente en el fondo.

Eso no quiere decir que no me guste lo que hago, ni mucho menos. Me gusta la investigación, el desarrollo, todo lo que tiene que ver con explorar nuevas formas de llegar a la gente y de que el medio en el que trabajo sea más permeable a lo que ella necesita o reclama. La fatiga social se traslada más bien al uso personal, a ese que antes era espontáneo y ahora a ratos casi parece una obligación.
Sobre todo lo percibo en Facebook. Mi uso personal de esa plataforma ha descendido hasta niveles ínfimos, de modo que prácticamente lo único que hago ahí es puentear las fotos que hago que Instagram. Ahí están amigos y conocidos, pero Facebook me inspira una pereza increíble en el aspecto personal. Hace poco un estudio indicaba que el 61% de los usuarios en EE.UU. se han tomado en algún momento ‘vacaciones’ de la plataforma, y entiendo esa necesidad. Hoy por hoy, mi registro en Facebook tiene más que ver con las cosas que hago profesionalmente ahí que con el interés personal que pueda tener para mí. Y esa es una tendencia que vengo acusando desde hace tiempo.
Con Twitter me pasa algo a la inversa, aunque no siempre. Disfruto tuiteando y leyendo lo que la gente a la que he escogido seguir tuitea. Me parece un ejercicio fresco y dinámico de comunicación, me aporta cosas y yo trato igualmente de aportar a otros. Hay días en los que tuiteo muy poco en lo personal, quizás porque tengo la sensación de que no tengo gran cosa que decir o compartir, pero lo habitual es que publique muchos enlaces que tienen que ver con mi área de trabajo y que también intente hacer bromas con seguidos y seguidores cómplices que en algunos casos se han convertido ya en amigos. También lo uso para protestar, como todo hijo de vecino.
Por lo demás, mi uso del resto de plataformas sociales es episódico y de poca profundidad. Utilizo Instagram a tirones, cuando estoy por ahí y me apetece hacer una foto sin que sepa muy bien por qué, aunque haya estado semanas sin subir nada. Intento que sea un reflejo de historias de algún tipo, aunque tampoco tengo claro que siempre lo consiga. A Pinterest he tratado de darle un sentido de espacio de inspiración, con imágenes bonitas y con fotos de tipos a los que admiro. De vez en cuando coloco alguna, pero tampoco sé muy bien qué hacer ahí. A YouTube subo vídeos que grabo en manifestaciones y creo listas de reproducción con canciones que me gusta conservar a tiro.
Como se puede ver, mis patrones de uso son bastante poco académicos para lo personal. Últimamente pienso que no es tan interesante lo que yo tenga que decir o al menos que no me interesa tanto compartirlo, quizás porque llevo tiempo en esto y siento que ya me he expuesto lo suficiente mientras intentaba entender los mecanismos de la mente humana a la hora de abrirse a los demás mediante esta vía. Hay días en los que siento auténtica saturación e incluso me planteo cambiar de tercio a medio plazo, volver a dedicarme a escribir y abandonar las responsabilidades en torno a esta clase de asuntos. Pero siempre se me pasa.
En cierta forma supongo que, de momento, esto es lo que mejor sé hacer, o al menos lo que más demanda tiene del abanico de servicios que puedo ofrecer como profesional o lo que más puede aportar. No sé qué pasará mañana ni pasado, al final una carrera profesional es un camino lleno de cambios de rasante que no te permiten ver qué hay detrás. En todo caso, cuando me siento así, simplemente apago el ordenador, guardo el móvil y cultivo la realidad que hay a mi alrededor, las personas con las que puedo hablar mirándoles a los ojos y la sensación de que lo que pase fuera es menos importante. Es la mejor forma de desintoxicarse y afrontar con energías renovadas el trabajo que un día empecé a hacer sin saber casi en qué consistía y que me ha traído hasta aquí.
El experto que no soy (y tampoco seré nunca)
0A lo largo de 2012 ha habido alguna persona amable que me ha atribuido una inexistente condición de experto en redes sociales, por desconocimiento. Ante esa palabra siempre me pongo automáticamente a la defensiva. Ni lo soy ni creo que lo vaya a ser nunca, al menos ateniéndome a lo que yo considero que es un experto de verdad. Y de hecho me pregunto si puede decirse que exista alguno en lo que tiene que ver con el mundo de las redes sociales, al margen de quienes las han creado o trabajado en ellas.

La etimología me echará una mano a la hora de argumentar. Experto viene del latín expertus, que significa “experimentado”. Es decir, alguien que ha ejercido una labor o ha trabajado un área de conocimiento durante un tiempo adecuado para tener perspectiva y base sólida.
Eso de por sí invalida (al menos de una forma rigurosa) esos títulos de instituciones más o menos serias denominados “Experto en community management” (¿community management? ¿por qué?) o cualquier otra variante al respecto que incluye ese término para comercializar mejor el producto.
¿Cuántos años hacen falta para ser experto?
Volviendo a lo de la experiencia, podemos decir que esto de las redes sociales ha eclosionado de unos pocos años para acá, ya no como instrumento relacional, que lo era, sino como herramienta de comunicación útil para las empresas, y por tanto susceptible de necesitar perfiles profesionales adecuados. Si acordamos eso, podemos decir entonces que en realidad la experiencia máxima que pueden acumular los que hayan transitado todo el proceso y sigan en el camino no es muy amplia realmente. Y más si tenemos en cuenta la velocidad a la que todo cambia y la incertidumbre natural en la que tenemos que instalarnos para ver este escenario con perspectiva.
¿Hay entonces expertos en redes sociales? Pues no lo sé. Supongo que por ejemplo Pete Cashmore y la gente de Mashable saben mucho más que yo o que muchos otros que se dedican a esto, pero no sé si eso les convierte en expertos. No tengo un baremo, ni tampoco creo que exista una línea que atravesar para ganarse la condición. Ser experto equivale a ser reconocido como tal por otros, de forma más o menos consensuada, por motivos objetivos.
La cuestión es que, en un entorno nuevo y cambiante, puede parecer relativamente fácil ganarse ante otros una posible acreditación por el hecho de que ellos no saben nada y tú algo. En el país de los ciegos el tuerto es el rey, pero no necesariamente el experto. Eso sería delimitar esa condición por la diferencia de experiencia y conocimiento respecto a los demás, en lugar de por su calidad y profundidad.
Esta es mi tarjeta
Todo esto también viene a cuento del escaparatismo en el que nos movemos en las redes sociales. Cada cual se presenta ante los demás como entiende que ha de ser considerado, ya sea por sus méritos o por la etiqueta con la que distinga sus talentos o tareas. Presentarte en un perfil de Twitter o LinkedIn como experto en algo es, como poco, una inmodestia que debería llevar a desconfiar. Al menos por la experiencia de que la gente humilde tiende a ser la que más cosas interesantes tiene que decir, aunque en realidad lo poco que diga se pierda entre los gritos de los grandes comerciales de sí mismos. Hacer o ser un buen producto y no saber venderlo es más dramático que ni siquiera hacer o ser un buen producto.
Por lo demás, como escribió Pessoa, odiamos lo que casi somos. Así que preferentemente mantengo un perfil bajo, trabajador y esforzado, al margen de los foros en los que los carnés de experto se reparten entre palmaditas en la espalda y cubatas patrocinados. No es mi estilo y supongo que hay quien comparte mi punto de vista. Soy un vulgar especialista, un tipo centrado en un área específica que dedica sus horas (muchas) a intentar ser mejor para merecer lo que pide a cambio de su trabajo. Estoy lejos de ser un experto, pero la buena noticia es que, si los buscas, en esto los hay a montones. Otra cosa es que sea lo que realmente necesites.


