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Maneras de ser pobre

PobrezaDesde que vivo aquí me he encontrado con diferentes modelos de indigentes. Son formas distintas de intentar sobrevivir a una ciudad encallecida por la prisa y la necesidad de mirar a otro lado para no tener que pensar.

Ayer pensaba sobre eso en el metro, después de ver salir a un tipo que lanzó un discurso de varios minutos acerca de cómo se había quedado sin empleo, había perdido la posibilidad de pedir ayudas a la comunidad de Madrid por haberse empadronado fuera de la región y otros detalles de su mala suerte. Lo hizo de una forma tan elocuente y educada que sorprendía que estuviera en esa situación. Quizás por eso dejó el vagón sin que nadie le diera una sola moneda.

Para pasar por pobre hay que parecerlo, según esquemas que muchos siguen manejando. Los indigentes tienen que ser tipos inmigrantes, tener malas trazas e inspirar compasión. Ésos son pobres asumibles o comprensibles, y no los que tienen aspecto de ser como cualquiera de nosotros, y a los que la vida de repente les ha segado la hierba bajo los pies. Estos últimos preocupan porque están cerca de la persona media, y nos recuerdan que una mala carta pueda echar por tierra la partida de años.

También me llaman la atención los que piden en la calle con algún animal, a veces cachorros. En la calle de El Carmen hay un indigente con dos perras preñadísimas. En breve tendrán cachorros y me pregunto qué pasará con ellos. Para estas personas tener uno de esos animales al final es una bendición, porque hace que las personas se paren a mirarlos, se enternezcan y dejen alguna moneda para alimentarlos. Somos así, nos detenemos para mirar un perrito y no hacemos cuenta del tipo que pide para sobrevivir que está a su lado. Piénsalo la próxima vez que te cruces con alguno.

Agua por cerveza

Mineral water being poured from a bottle into ...

Image via Wikipedia

Los conocí hace unas semanas, cuando iba al supermercado a hacer la compra. Son dos tipos rumanos, o quizás de algún otro país del este. Merodean el barrio y últimamente habían decidido colocarse allí para pedir dinero a los clientes.

Aquel día uno de ellos se levantó y me saludó educadamente. En un español sorprendentemente bueno me pidió unas monedas para comprar algo. Le dije que no llevaba dinero, sino tarjetas, cosa que es cierta desde hace mucho tiempo. Y entonces él me pidió que les comprara a su compañero y a él unas cervezas, “esas baratas”. Era un día de verano anticipado, con más de 30 grados.

Me negué a comprarle alcohol, pero le propuse un trato. Le dije que le compraría agua, igualmente refrescante y necesaria para afrontar el calor de esta maldita ciudad en los últimos días. Él se encogió de hombros y aceptó. Y al rato volví a pasar para dejar dos botellas de litro y medio, una para cada uno.

He repetido esa operación desde entonces. Ellos saben que en ningún caso les compraré alcohol o les daré dinero, pero sí pueden contar con el agua que ya ni siquiera hace falta que me pidan. No es la donación más espectacular del mundo, pero en cierto modo creo que es la mejor alternativa que he podido encontrar para ayudarles.

Por apenas un euro ellos tienen agua para pasar uno o dos días, y yo puedo justificar mejor ante mí mismo las porquerías que a veces compro en el supermercado. Todos salimos ganando.

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Geografía de la pobreza

Alrededor de mi casa hay al menos cuatro personas sin hogar, cuatro hombres de pasado confuso y de futuro incierto. En las semanas que llevo viviendo aquí los he podido ver siempre en los mismos sitios, sobreviviendo al día con las mismas caras de resignación. Siempre en el mismo lugar. Porque a fin de cuentas somos animales territoriales, e igual que yo me siento siempre en el mismo lugar en las reuniones de la redacción, ellos pasan las horas en los rincones del barrio que han convertido en lo más aproximado a su hogar.

Con uno de ellos me cruzo a diario, porque está al lado de mi portal. Lleva un ojo tapado con una gasa y tiene aspecto de inmigrante del este. Una vez le di unas monedas y ahora siempre me saluda. Cuando le devuelvo el gesto siempre pienso que no me agradece el que le diera dinero, sino que le mire cada día a los ojos cuando salgo o vuelvo a casa, y que no haga como si no estuviera allí.

El segundo está justo al otro lado, a unos metros. Suele estar en un banco que acondiciona con unos cartones para intentar hacerlo más cómodo. Su pocas pertenencias las lleva encima en un viejo maletín de ordenador portátil que encontró en alguna parte. Casi siempre que lo veo está somnoliento, cabecea y murmura mientras busca una postura que le permita dormir un poco más.

Y los otros dos a veces están juntos. Uno tiene el pelo y la barba larguísimos, trazas de náufrago y mirada huidiza. Suele estar cerca de un supermercado, viendo como la gente sale con carros llenos de comida y le esconde la mirada. Su compañero eventual es un hombre de color que trata de vender “La farola”, con el mismo éxito que casi todos los que conozco. Pasan de largo a su lado e incluso le miran mal si es demasiado vehemente.

Son sólo cuatro historias tristes de las muchas que acoge esta ciudad, o este mismo barrio, lleno de porteros, de cámaras de seguridad y de vallas que protegen el dinero y el sueño de los que tienen mucho de las necesidades de los que se han acostumbrado a no tener nada. Cada uno de ellos nos avergüenza como sociedad, y también como individuos, cada vez que pasamos a su lado y les negamos la dignidad de la mirada y el sentimiento de culpa sincero. Mañana seguirán estando ahí, y la vida seguirá pasando a su lado, dejándolos al margen de todo. Ésta es tu ciudad.

Canciones para una vida: "What´s going on"

En 1971 apareció uno de los álbumes más importantes de la historia del soul.  Se trata de “What´s going on”, la obra maestra de Marvin Gaye. Este trabajo estaba compuesto por nueve canciones que hablan sobre la pobreza, las drogas, el lado menos amable de la sociedad de EE.UU., encadenadas sobre la idea global de la decepción que encuentra un veterano de Vietnam que regresa a casa. Y precisamente sobre ese conflicto habla la canción que da título al disco, que es la que hoy traigo aquí.

Este tema es una clara defensa de los ideales pacifistas y de la petición del final de la guerra, a la que por cierto acudían en masa soldados afroamericanos que no podían librarse del reclutamiento. En aquel momento se daba la paradoja de que ciudadanos que eran discriminados por su color de piel en EE.UU. eran llamados sin reservas a pelear una guerra absurda muy lejos de sus casas, y por el país que les negaba muchos derechos. Además, los arreglos son excelentes y la voz de Gaye suena más vibrante que nunca. Es un disco maravilloso, pero sobre todo un conjunto de denuncias que todavía siguen vigentes. Porque todo eso todavía sigue ocurriendo.

Blanco y negro

R0011037_8_9 - Irun - Pais Vasco

Image by Vautrin_Baires via Flickr

Las cosas no siempre fueron así. Aunque a veces cueste imaginarlas de otro modo. Para eso están ellos, para hablarnos de las fotos en blanco y negro, las que nos ayudan a conocer el camino que nos trajo hasta aquí.

Papá tiene 69 años, y ha visto y vivido mucho a estas alturas. Hace unos días me hablaba de las miles de personas que llegaban hasta Irun en las décadas de 1950 y 1960. Todas ellas buscaban una oportunidad para poder trabajar en fábricas de toda Europa, necesitada de mano de obra para recuperarse del desastre de la Segunda Guerra Mundial. Eran tiempos en los que la vida a veces era poco más que un petate y un papel en el bolsillo que decía quiénes eran, y a dónde podían ir.

Ahora todo es diferente. Nosotros ya no emigramos. Recibimos a otros que escapan de la miseria y de la pobreza desde países que suenan lejanos y extraños. Y algunos piensan que son demasiados, que éste es un país permisivo con los extranjeros. Nos falta memoria y vergüenza a partes iguales, para reconocerlos en las profesiones que hace tiempo que dejamos de querer para nosotros y para los nuestros o para ver que a veces traen consigo una ética vital y de trabajo que apenas recordamos.

Ellos son presuntos chorizos, vienen a aprovecharse de nuestro estado de bienestar y disfrutan de oportunidades que los de aquí no huelen. La lista de agravios es larga. Papá se encoge de hombros cuando alguien le dice esas cosas. Observa a su interlocutor de arriba hacia abajo y luego calcula su edad. “Éste no las ha pasado muy putas en la vida”, debe de pensar.

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