Posts tagged Periodismo
Toni Cantó salvará al periodismo
0Es probable que nadie en España tenga mejor promedio que Toni Cantó entre tuits desafortunados y TTs provocados involuntariamente con la subsiguiente mofa. Es un caso realmente llamativo que merece un análisis detenido, empezando por el del propio interesado.
Sin embargo, se puede decir que Toni Cantó está ayudando a su manera a salvar el periodismo. Sus constantes salidas de pata de banco han creado una interesante industria de piezas resumen de tuits que se mofan de él e incluso sesudos análisis de sus grandes éxitos en la plataforma. Incluso diarios presuntamente serios como El País se apuntan sin complejos a contar el irregular desempeño del animoso diputado de UPyD en Twitter, a cambio de esos jugosos clicks.
Como todo lo que tiene que ver con el periodismo trending topic, se trata de piezas facilonas, intrascendentes y normalmente hechas por el tipo menos capaz de la redacción en cinco o diez minutos. Y eso las hace increíblemente rentables en esa ecuación entre minutos dedicados a su elaboración, recursos útiles comprometidos y clicks obtenidos a cambio.
Ignoro la opinión del protagonista sobre la alucinante cobertura que se le da a sus tuits. Los titulares del tipo “Toni Cantó la vuelve a liar en Twitter” surgen como setas y hoy se pueden encontrar miles de “noticias” referidas a las reacciones que provoca en la plataforma. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, supongo que hay tráfico “cualificado” en juego. En un contexto en el que de lo que se trata es sumar clicks como sea para justificar buenos números ante Comscore para apreciar en lo posible el CPM de los anuncios, todo suma.
Eso sí, luego no lamentemos que la gente considere que el periodismo en España últimamente se ha convertido en un ejercicio generalizado de contar gilipolleces. Si nos acogemos a que Toni Cantó vaya salvando la profesión con esos clicks que regala con tanta generosidad, pensemos dos veces antes de sacar la pancarta-matraca de “sin periodistas no hay periodismo, y sin periodismo no hay democracia”. Hasta la próxima liada, Toni.
Mis opiniones son personales, los retuits no son apoyos y otras chorradas evitables
0Twitter te ofrece 160 caracteres para presentarte. Es el espacio con el que cuentas para introducir aquello por lo que deseas que otros sepan de ti, te encuentren o se hagan una idea de hasta qué punto merece la pena seguirte. En función de cómo lo uses, puede ser poco, suficiente o incluso demasiado.
Pero sobre todo resulta escaso si eres periodista y te ciñes a la moda absurda e innecesaria de decir que solo hablas en tu nombre y los retuits no implican apoyo a ninguna postura. A estas alturas de la película todos deberíamos tener más o menos claros algunos conceptos de esa plataforma, y voy a tratar de resumirlos:
1. Tu cuenta es personal salvo que digas lo contrario. Lo habitual en Twitter es que la gente hable en su nombre, por su cuenta y riesgo. Lo menos frecuente es precisamente lo contrario, hacerlo desde cuentas corporativas creadas por la empresa en la que trabajas, que además suelen ser reconocibles porque incluyen su nombre en el perfil de usuario. Por ejemplo, las de RTVE.
Por tanto, ¿por qué indicamos que la cuenta es personal si es lo que sucede en la mayor parte de los casos? ¿Por qué necesitamos descargarnos de una responsabilidad que en principio nadie nos otorga? Reivindicar como propias las opiniones personales vertidas a través de una cuenta igualmente personal es una reiteración sin sentido, que además favorece una cierta sensación exculpatoria (trabajo aquí pero que nadie espere que lo que diga representa a los valores que defiende mi empresa).
Aquí colisionan dos pulsiones evidentes para muchos periodistas tuiteros: por un lado, indicar el medio para el que trabajas, ya sea por una cuestión de transparencia o por hacer ver tu importancia relativa; por otro, defender tu autonomía como persona e incluso como profesional frente a la empresa que te paga, que lo hace por un trabajo diario de ocho horas, no por tus opiniones en Twitter a lo largo de todo el día.
Está claro que muchos compañeros no trabajan precisamente en el sitio en el que preferirían hacerlo, por coincidencia ideológica o simplemente por acuerdo profesional con el trabajo que se hace ahí. Y algunos optan por no indicarlo en su bio.
Es igualmente válido, cada cual cuenta de sí mismo lo que le parece, y el hecho de no revelarlo también te quita problemas a la hora de emitir opiniones que otros te puedan reprochar como contrarias a las que defiende tu medio, o te evita malos ratos de llevarte palos por actitudes empresariales con las que nada tengas que ver. Por ejemplo, yo no diría que trabajo en ABC o La Razón.
Caso diferente es el de las personas que ocupan cargos de responsabilidad en un medio. Si eres director, es inevitable que arrastres tu representatividad del medio también a Twitter, de forma que conviene ser prudente para evitar que una crisis provocada por una opinión salpique igualmente al medio. Es más una cuestión de sentido común que de norma escrita.
2. Los retuits no son apoyos. Por concepto, el retuit es la redifusión de una publicación en Twitter por motivos que solo conoce el autor. Es decir, es un gesto único pero no de intención unívoca. Uno puede retuitear algo gracioso, algo indignante, algo informativo, algo para ayudar… La variedad de motivos por los que cada cual puede hacer visible para quienes le siguen lo que otro ha tuiteado es realmente enorme.
Y en ningún caso el retuiteo puede ser considerado apoyo sin reservas a la tesis que pueda sostener el tuit redifundido. Que yo muestre a quien me sigue lo que dice otro no quiere decir que esté de acuerdo con ello, sino que considero que es interesante que lo vean, por los motivos que sean.
La visión reduccionista del retuit al apoyo conduce a la simplificación de la redifusión de información o de opiniones a un marco interesado y sesgado. Es como pensar que en la vida real la gente te cuenta lo que ha dicho un tercero porque está de acuerdo con ello.
Por tanto, poner tanto una cosa como la otra en la bio es consumir espacio inútilmente para explicar dos aspectos de Twitter que ya deberían estar bastante claros. Y si hay quien no asume que eso es así, es su problema, y no hay que actuar en relación con lo que algunos piensen, sino conforme uno considera que deber hacer las cosas, dentro de la lógica de la plataforma, e incluso de la vida.
Así que deja de reivindicar tus opiniones y recordar que lo que retuiteas no es un apoyo implícito, y aprovecha la bio para decir quién eres, qué haces y por qué alguien debería seguirte.
La profesión de los 10.000 despidos
3La FAPE dice que desde 2008 hasta 10.000 periodistas han perdido su trabajo. Solo en 2012 fueron 4.800. La primera cifra casi coincide con el paro registrado por el SEPE de esta profesión en el mes de marzo, que ronda las 11.000 personas.
Con esos datos, lo raro es que realmente en la FAPE o el resto de asociaciones de periodistas no se hable de una vez de la realidad de reconversión industrial de la profesión. Los discursos lastimeros sobre el periodismo, la democracia y otros lemas que caben en una pancarta o en un tuit no van a mejorar la situación para nadie. Solo promover nuevos proyectos que reemplacen en parte a los que agonizan lo harán.
Comparto el drama del despido de todos y cada uno de los compañeros que han perdido el trabajo en estos años. Nos ha tocado vivir el paso del Rubicón de una era a otra, abandonamos un modelo que agoniza y nos adentramos en otro al que apenas le vemos la traza. Lo único cierto es que los proyectos ahora tienen que ser más pequeños, más manejables y con menos costes. Es decir, con menos gente. No hay otra forma de intentar hacerlos rentables, además de buscar fórmulas nuevas o repensar las viejas.
Personalmente me molesta mucho el victimismo generalizado de esta profesión. Sobre todo porque va aparejado de una sensación de injusticia respecto al valor que decimos tener para la sociedad, de lo imprescindibles que nos creemos para ella. Nos atribuimos papeles que no siempre hemos ejercido con la honestidad debida y ahora queremos que nos sostenga, cuando la realidad es que el mundo está cambiando para todos.
Y hay una acusación velada a los lectores que ya no compran periódicos, a los televidentes que prefieren la anécdota a la información o los internautas que aúpan a lo más leído de los digitales a contenidos deleznables. Es el victimismo que sigue a la soberbia, al “usted debería comprar mi diario y leerse esto, y no esto otro, cómo se atreve a cuestionar eso”. Ya no tenemos la sartén por el mango. Y eso es bueno.
Cualquier cosa menos un planteamiento real sobre el estado de la profesión, con autocrítica y capacidad para considerar opciones, para analizar el escenario actual y tratar de actuar en consecuencia, en un entorno cambiante e inseguro para todos. En esa incertidumbre lo único claro es que los fastos de la era del papel son historia. Y con ellos las plantillas sobredimensionadas para este nuevo mundo. Decir otra cosa es engañarnos.
Como reconversión industrial que es, la cosa ya no va de salir de un sitio para entrar en otro. Se trata de rehacer el sector y de evolucionar como profesionales a otro escenario, en el que probablemente tendremos que convertirnos en trabajadores-propietarios, en autónomos, empresarios, etc. Es un proceso durísimo y con un coste social elevado, como hemos visto en otros casos. Pero es inevitable.
La pregunta en todo caso es qué espera la profesión del Gobierno, al que interpela con frecuencia. No es una pregunta cualquiera, ya que pedir ayuda al poder al que ante la gente pretendemos controlar parece una contradicción peligrosa. El lema “sin periodismo no hay democracia” se basa en esa auditoría permanente de la actividad de los poderes públicos, que puede ser cuestionada si de esos poderes depende en parte el sostenimiento de los medios (en cierta forma ya lo ha venido haciendo, con la publicidad institucional, que explica entre otras cosas la burbuja de medios regionales y locales en su momento, además del dinero del ladrillo).
¿Serían creíbles medios abiertamente subvencionados por el poder? La independencia tiene una relación estrecha con la credibilidad. Uno puede ser molesto para el poder en la medida en que no dependa de él, sino de sus lectores o sus anunciantes.
Lo primero es conseguir esos lectores, crear esa comunidad de gente a la que luego se le pueda pedir o no un esfuerzo para sostener el proyecto porque crean que les aporta algo que no les dan otros. Y lo de la publicidad es otra cuestión. En internet es mucho más barata y la competencia es mucho mayor. Es un mundo más fragmentado y peleado.
En todo caso, me parece muy cuestionable el papel de las asociaciones de periodistas en este momento. Creo que es más reactivo que proactivo, cuando lo que hace falta es que animen claramente a sus asociados a crear proyectos por su cuenta y que les ayuden a comprender que ya nada volverá a ser lo mismo para el periodismo como profesión y como negocio. En eso estamos todos.


