Posts tagged Infancia

Las ruedas que ya no sigo

Lance Armstrong and John Korioth in the team t...

Image via Wikipedia

Ayer comenzó una nueva edición de la Vuelta Ciclista a España, con una contrarreloj nocturna por equipos. Pude ver algo en casa de mis padres, y aunque el formato me interesó al principio, sólo aguanté unos minutos delante de la televisión. Hoy me apetece indagar sobre ese desapego hacia un deporte que siempre fue uno de mis favoritos y del que hoy me siento lamentablemente ajeno.

En realidad supongo que el declive comenzó cuando estallaron los sucesivos escándalos por dopaje, comenzando por el de Festina. Hasta entonces era capaz (y sigo siéndolo) de recordar con pasión datos como que Marino Lejarreta ganó su única Vuelta en 1982, debido a la descalificación de Ángel Arroyo; o que en 1984 la ganó un belga al que nadie conocía que no volvió a hacer nada interesante en su carrera, llamado Eric Caritoux.

Para mí el ciclismo representaba muchos de los buenos valores que puede aportar el deporte a la vida: compañerismo, lealtad a una causa común, esfuerzo, entrega por el otro… Y sobre todo tenía un carácter épico basado en tipos que luchaban contra sí mismos para ser mejores que los demás. Por eso puedo recordar de carrerilla ganadores de Vuelta, Giro y Tour de la década de 1980 hasta mediados de la de 1990, en la que se produjo el cortocircuito que me alejó de este deporte. A partir de entonces soy incapaz de enumerar grandes ciclistas, más allá de Lance Armstrong y alguno más.

En todo caso, al margen de que de repente pareciera que algunos nos habían estado engañando siempre, supongo que este alejamiento también tiene que ver con el hecho de que me hiciera mayor y mirara con otros ojos la vida. Mi desengaño con el ciclismo vino acompañado de otros menos acusados, pero también irreparables, como con el fútbol. Nunca fui un gran aficionado, pero me gustaba seguir el fútbol a través de los cromos. Guardé durante años colecciones de diferentes temporadas que conseguía jugando con vecinos y amigos, como si fueran reliquias. Hasta que un día me deshice de ellos, sin más.

A pesar de ello, también puedo enumerar datos y otras cosas curiosas del fútbol de entonces que ignoro completamente del de ahora. Y de hecho me interesa más husmear en la carrera de Calderé, Gordillo o Rafa Paz, por poner algún ejemplo, que saber más de los jugadores que hoy arrastran a la gente a los campos. Como en el ciclismo, mi afición y mis ganas de saber más se quedaron con quienes representan la época en la que no me hacía preguntas incómodas y no me sentía defraudado con facilidad.

Hace poco escribía aquí sobre De la Morena y cómo ha cambiado mi perspectiva sobre él en los últimos tiempos. Quizás haya un paralelismo en esa evolución con lo que me ha pasado con el ciclismo, o el fútbol. A veces quisiera ser menos crítico y regalarme un par de héroes contemporáneos para tener alguien en quien depositar mi confianza a lo lejos, como modelo a seguir. Pero en el fondo sé que ya pasó el momento de coleccionar cromos e imágenes memorables de deportistas actuales.

A mí sólo me valen Chozas, Fuerte, Pino, Delgado, Roche, Induráin, Gorospe, Fignon, LeMond, Hinault y otros tantos que me hicieron vibrar desde el sofá. Los que vinieron después me sacaron de rueda.

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El sueño griego

Mount Lycabettus, Athens, Greece.

Image via Wikipedia

Hace algunos días reservé por fin mi vuelo a Grecia. La idea es recorrer lo que me dé tiempo con la mochila al hombro, con pocas comodidades y el mayor espíritu aventurero posible. Ése que quizás he ido sacrificando con los años. Es un buen momento para retomarlo.

Grecia siempre estuvo ahí, como un sueño que basculaba entre lo próximo y lo lejano, compartido con diferentes personas que han ido pasando por mi vida en los últimos años. Siempre me decía que de ahí no pasaba, y que haría ese viaje. Pero por unas cosas o por otras, se frustraba y se posponía.

Ahora ya no hay vuelta atrás, y es bueno que así sea. El viejo sueño que incubé de pequeño, mientras leía historias de mitología, se cumplirá por fin en octubre. Me encontraré un país airado y deprimido a partes iguales, tras el rescate forzado por una gestión económica incompetente y encubierta.

Y eso todavía me anima más a hacer ese viaje. Ahora Grecia necesita más que nunca el dinero que llegue de fuera para recuperar su confianza, su autoestima y su equilibrio. Un encuentro afortunado.

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Chocolate Elgorriaga, años después

Ayer compré una tableta de chocolate Elgorriaga. La primera desde hacía muchos años. Si no eres de Irun o no conoces la historia de esa marca, seguramente te parecerá irrelevante. Pero para los que hemos vivido en esa ciudad, Elgorriaga tiene un significado especial, un sabor añejo de recuerdos.

Su historia se remonta a mediados – finales del siglo XVIII, época en la que la familia que dio el apellido a la marca gozaba del reconocimiento por  la exquisitez de los productos que elaboraba en su taller artesanal irunés. Ése fue el germen que daría lugar a la fábrica que construyó en la ciudad, para acoger la producción de la recién fundada Chocolates Elgorriaga S.A. En 1920, la marca se mudó a otra parte de Irun, para estrenar tres décadas después unas modernas instalaciones. No abandonaría esa zona hasta el cierre definitivo de la fábrica, en 1997.

A grandes rasgos, ésa es la trayectoria de Elgorriaga. Una marca que endulzó la vida de muchas personas durante más de 200 años, y que tuvo un final miserable a manos de una multinacional, que se desprendió de ella apenas 12 años después de haberla comprado.  Así se sacrificaban docenas de puestos de trabajo en la época más dura que ha vivido Irun en los últimos tiempos, ya que el paro rondaba el 20% tras el cierre de las aduanas (un día escribiré aquí algo de las corruptelas menores de muchos funcionarios de aquel servicio, que se llevaban “regalitos” a casa para “aligerar” trámites a los transportistas). Pero sobre todo la ciudad recibía un golpe emotivo muy duro, por la pérdida de uno de sus estandartes históricos.

Sin embargo, resulta que Ruiz Mateos compró a precio de saldo la marca hace unos años y la ha vuelto a relanzar. Ahora esos chocolates se fabrican en Ávila y Palencia, y los puedes encontrar en cualquier tienda o supermercado. Ayer me encontré con ellos mientras buscaba otra cosa y se me ocurrió comprar una tableta. Era un chocolate rico, lleno de leche, almendras y recuerdos. De lo que fuimos y lo que renunciamos a ser.

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Facebook y la nostalgia generacional

April Fools, Facebook Style

Image by william couch via Flickr

La nuestra es una generación que se ha encontrado de repente con la posibilidad de reencontrarse con su pasado, tal y como lo vivió o tal y como lo hubiera querido vivir. Ésa es una de las conclusiones más interesantes que saqué de la entrevista que le hice hace unos días al autor de “Faceboom”, un libro que ofrece una visión satírica de la plataforma social de moda.

Lo cierto es que nuestro caso es único, ya que la mayor parte de nuestros mayores viven ajenos a esta nueva realidad, porque han caído al otro lado de la brecha digital. Y quienes vienen por detrás lo hacen con la sensación de que las redes sociales siempre han estado ahí, y por tanto no han conocido la (sana) posibilidad de perder completamente el contacto con alguien para recuperarlo después.

Eso significa que tampoco vivirán probablemente la oleada nostálgica que inunda Facebook, ese aire de añoranza de la simpleza que se puede ver en las páginas y los grupos que recuerdan a iconos, modas, actitudes y otros rastros de lo que fuimos. Somos una generación extraña, entre el futuro que no soñamos y el pasado que quizás aún no nos apetece dejar de recordar. Estamos despistados, porque el mundo está cambiando y sentimos la tierra moverse bajo nuestros pies. Son tiempos fascinantes.

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Cámbiame ese cromo

Hice mi última colección de cromos con motivo del Mundial de EE.UU. ’94. Tenía 16 años y ya empezaba a desengañarme del fútbol. Recuerdo esas últimas sensaciones de relativa emoción al comprar un sobre y comprobar si aparecían jugadores que aún no tenía, o si al menos los repetidos tenían pinta de ser canjeables en buenas condiciones con otros compañeros de clase. En cierto modo, fue uno de los actos de despedida de la niñez que biológicamente ya había dejado atrás, pero que emocionalmente aún coleaba a ratos.

Lo raro es que en realidad nunca fui de coleccionar cromos, sino más bien de jugar con ellos. Me gustaban las partidas que se organizaban en el barrio, el mercadillo de préstamos y donaciones, las asociaciones interesadas que duraban lo mismo que la buena suerte, o las triquiñuelas que a veces decidían el destino de tacos inmensos. Hasta no hace mucho conservé todos esos cromos, de hasta 14 temporadas diferentes, que habían ido quedando de año en año en una caja de latón que en su momento traía galletas. Hasta que un día los revisé con cariño, uno a uno, por última vez, y después los tiré al contenedor azul.

Había en ese taco un puñado de ratos memorables, unas cuantas rabietas, trampas inconfesadas e inconfesables, pero sobre todo la sensación de que la vida un día fue tan fácil como para que sólo me turbara el ánimo haber ganado o perdido una partida. Ahora sigo el fútbol de forma ocasional, y veo en los banquillos a algunos de los jugadores que estaban entre mis cromos en su momento de esplendor. Entrenan a chicos que son bastante más jóvenes que yo, y ya se me hace raro eso de decir que un jugador está mayor, teniendo en cuenta que voy camino de cumplir 32 años. El tiempo ha pasado por ellos y por mí, y esos cromos forman parte de recuerdos de un patio que ya ni siquiera es el mismo, igual que quienes jugábamos en él.

La mayor partida de mi vida me la llevé lejos de allí, en otro barrio, gracias a Juan José, del Cádiz, y a uno de Las Palmas cuyo nombre ya no soy capaz de recordar. Me fui a mi casa con una bolsa llena de cromos, triunfador y radiante. Nunca he vuelto a sentirme como aquel día.

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