Quería ser gurú, pero me quedé en esto
Posts tagged Fotografía
A vueltas con la licencia en Flickr
Mar 26th
Estos días estoy pensando en cambiar la licencia de las fotos que tengo en Flickr a Creative Commons. Ahora mismo las tengo protegidas por copyright, más porque es la configuración por defecto que por otra cosa. Pero también porque en cierto modo pienso que la licencia que uno le dé a las imágenes en Flickr no es tan importante si se respetan ciertas buenas prácticas.
Me explico. Tal y como yo lo veo, si quieres utilizar una foto que te ha gustado de un usuario concreto de Flickr, lo suyo es dirigirse a él para pedirle permiso. Independientemente de la licencia. Es lo ideal, no lo más rápido, ni lo más eficiente. Pero es la forma más adecuada de poner en valor el trabajo del autor y de que éste pueda estar al tanto de lo que sucede con sus imágenes, sea cual sea la licencia bajo la que las tiene.
Porque en realidad si uno tiene sus fotos en Flickr es porque le encanta que las vean, le apetece compartir su afición, su arte o sus ganas de expresar algo. Y si alguien se dirige a ti pidiéndote una no deja de ser un reconocimiento agradable. Por ejemplo, a mí me solicitaron permiso hace unas semanas para utilizar una de mis fotos para una guía de Madrid en internet. Y por supuesto que lo di encantado, porque me gusta que otras personas vean mis fotos y porque me gusta el uso concreto que se le da a ésta, así como la forma en que me fue pedida.
También tengo la experiencia desde el otro lado. Y hasta la fecha no he recibido ninguna negativa cuando he solicitado una foto a un usuario de Flickr, aunque también es cierto que no es lo mismo publicar una imagen en un medio de comunicación que se dirige a ti con toda la honestidad del mundo, que prestarla a usos comerciales con los que no tienes por qué estar de acuerdo.
Este último caso es demasiado habitual, desgraciadamente, y por eso existe esa inercia a proteger las imágenes que saca cada cual. Porque hay agencias y otras empresas que se ahorran el coste de adquirir fotos de profesionales gracias a que se aprovechan de la labor de aficionados. Para eso existen los bancos de imágenes, para el uso profesional y comercial de las fotos de quienes las han vendido para ello.
Y, por si te lo preguntas, en este blog aparecen imágenes bajo licencia Creative Commons que obtengo a través del servicio Zemanta, que rastrea internet en busca de fotos sin copyright y automáticamente refiere en ellas el autor y el enlace.
El tipo que se escaqueaba de las fotos
Mar 7th
Me afearon la actitud hace unos días y tuve que reconocerme en la crítica. Tiendo a escabullirme cuando hay fotos de por medio. Si alguien saca la cámara, me pongo nervioso, porque me siento incómodo posando. No tengo ni idea de qué hacer con brazos y piernas, y siempre tengo la sensación de que aparezco con caras que en realidad no son la mía. Luego las miro y no me reconozco, me pregunto por qué hago esa mueca o exactamente qué pretendía hacer con ese brazo estirado así.
Supongo que por eso siempre prefiero ser el fotógrafo, además de porque es un arte fascinante y revelador de uno mismo. Las fotografías que cada cual hace da una idea muy aproximada acerca de lo que es o lo que quiere ser, y sobre todo de su forma de ver la vida. Me interesan los puntos de vista diferentes sobre lo que ya todos hemos visto, y en cierto modo eso es lo que yo trato de hacer con todas mis limitaciones.
Otra cosa son las fotos de fiesta y su consideración casi automática como material casi público en redes sociales. Cada día uno puede ver en ellas muchas fotos básicamente malas, desenfocadas, desencuadradas, poco estéticas en general, que sólo aportan como valor el recuerdo de un buen momento. Que tampoco es mala cosa, desde luego. Pero no son las imágenes en las que me interesa aparecer, ni tampoco las que me gusta hacer.
Porque además del criterio estético al que pocas pueden acogerse, está también el sentido de privacidad, que cada vez es más difuso. Porque hemos pasado de pedir permiso para subir una foto en la que aparecen más personas, a tener que pedir que retiren alguna en la que aparecemos sin que nadie nos haya dicho nada o mucho menos pedido licencia. Y eso en según que imágenes no es plato de buen gusto, porque uno no siempre aparece todo lo presentable que debiera en según que circunstancias, ni tampoco tiene por qué cortarse aunque sepa que hay cámaras pululando por ahí, recogiendo escenas de las que quizás sólo se acuerde cuando de repente las vea en Facebook.
En su momento creé en esa misma plataforma un grupo para denunciar esa práctica inconsciente y que mucha gente se toma a la ligera. Porque el único propietario de mi imagen y de los derechos de su reproducción soy yo, y no me apetece aparecer en fotos indeseadas de momentos en los que quizás ni siquiera sabía que hubiera cámara de por medio. Y como soy fiel a esa teoría, procuro desaparecer en los instantes en los que alguien tiene el dedo rápido.
En todo caso, y como reflexión final, a veces pienso en cuántos sitios diferentes habrá una imagen mía. Subida conscientemente, replicada automáticamente, robada manualmente o almacenada porque en su momento se la pasé a alguien que me la pidió o al que se la ofrecí. O en cuántas fotos aparezco de las que ni siquiera tengo noticia o no he llegado a ver. En realidad, es casi mejor no pensarlo.
Mujeres de paso – 4
Sep 13th
Inés se enamoró de Eduardo sin darse cuenta. Quiso conocerle porque le dijeron que su hermana había salvado involuntariamente su vida en el accidente. Cuando volcó el autobús, su cuerpo sirvió de colchón para el de aquel hombre, y eso le costó una muerte casi inmediata. Gracias a ella, Eduardo apenas tenía unos hematomas en la cara, y heridas y golpes secundarios en la parte derecha de su cuerpo.
Las visitas se prolongaron durante los tres días que duró su convalecencia. Siempre eran a primera hora de la tarde, después de que Inés hubiera comido. Gracias a su puesto como funcionaria en el Ayuntamiento, sólo trabajaba por las mañanas. Durante esos días, prácticamente no hablaron de sí mismos. Casi todas las conversaciones giraban en torno a Marta, la desafortunada hermana de Inés. Ella la describía como una chica tímida aunque alegre, noble y sensible, y Eduardo lamentaba no haberla conocido. Era una sensación extraña, sabía que le debía la vida, pero no sentía gratitud, sino una especie de nostalgia extraña, mezclada con culpabilidad.
En uno de aquellos días, se le ocurrió abrir el libro que no pudo llegar a firmar. Se fijo en que tenía claras señales de uso, incluso había anotaciones en los márgenes y algunas frases subrayadas. Lo hojeó por encima y encontró una fotografía más o menos situada en la mitad del volumen. La sacó y vio que en ella aparecía un chico atractivo, de veintitantos años, que miraba con ojos cómplices a la cámara. Se le ocurrió girarla, y vio que tras ella había escrita una frase: “ayúdame a olvidarte”.
Recordaba aquella frase como lo último que el protagonista de su libro decía a la única mujer que consideraba haber amado, antes de que ésta le dejara definitivamente, para morir poco después a causa de una enfermedad que no le había confesado tener. Quizás ella era o se sentía como una mujer de paso, y aquel hombre aún no sabía que había muerto. A saber.
No le comentó a Inés nada de todo aquello, porque ella tampoco parecía saber gran cosa de su hermana. No vivían juntas desde hacía años, porque Marta compartía piso en las afueras y su hermana vivía de alquiler al otro lado de la ciudad, según le había dicho.
La tarde anterior a que Eduardo recibiera el alta, ella le dio una tarjeta con sus números de teléfono y su dirección. Él la recogió con cierta incomodidad y le dijo que, en cuanto solucionara todo lo que había quedado pendiente tras el accidente, la llamaría para tomar un café. Mentía. Pero tampoco estaba seguro de que ella le fuera a creer. Después, se despidieron y ella se marchó a casa.
Cuando salía de la habitación, Inés vio a aquella mujer. La había encontrado allí en todos y cada uno de los días anteriores, como si fuese con la firme intención de visitar a alguien, pero en el último momento prefiriera quedarse en el pasillo. Cruzó un instante su mirada con ella, el tiempo justo para que el ascensor llegara a la planta. La desconocida la observaba desde que la vio salir de la habitación, como había hecho en los días anteriores. Cuando vio que se marchaba, se acercó a la puerta de la habitación de Eduardo y permaneció allí unos instantes. Llegó a empuñar la manilla, pero al final se volvió y llamó al ascensor. No necesitaba verlo para saber que estaba bien.
—–
“Mujeres de paso” es una novelita corta que estoy publicando por capítulos aquí. No sé cuánto va a durar, pero yo voy sacando lo que escribo. Si te interesa, puedes ver los capítulos anteriores por aquí:
Mujeres de paso – 2
Aug 19th
“Mi madre piensa que no echamos de menos a quienes queremos, sino a la persona que dejamos de ser cuando ellos no están cerca. Sólo ahora he empezado a estar de acuerdo con ella. Llevo semanas siendo otra persona, comportándome de otro modo, despistando a todos los que me conocen y me aprecian. Y todo porque Luis se largó un día sin más explicaciones que una mísera nota bajo el cenicero de la entrada. La nota la conservo, pero el cenicero lo tiré a la basura, porque era horroroso y a él le encantaba.
Además, mi madre también opina que el amor quita el apetito y el desamor quita el sueño. Y también en eso tengo que darle la razón. Hace demasiado tiempo que no duermo. Ni mucho ni poco, nada. El maquillaje me echa una mano hasta cierto punto, pero todo el mundo se ha dado cuenta de que tengo ojeras y estoy siempre cansada. La cama se ha hecho enorme de repente y no puedo evitar recorrerla cada noche buscando un abrazo que ya no está ahí.
Por culpa de todo esto cada vez rindo menos. Mi reportaje sobre el ganador del Ciudad de Valladolid y su libro fue espantoso. Lo releo y no me reconozco en él. Se que puedo escribir mucho mejor, y llevo años haciéndolo aquí. Ortega no me ha dicho nada de momento, pero sé que antes o después me llamará a su despacho para preguntarme qué es lo que ocurre, y por qué ahora mis piezas son un asco. Yo le diré que no me pasa nada, que atravieso un pequeño bache creativo. Él se encogerá de hombros y me dirá que se alegra de oír eso. Pero poco a poco me irán apartando de los temas más importantes, de las presentaciones de primer nivel, de las entrevistas a autores de renombre, y acabaré ocupándome de lo más mediocre de la sección. Así que más me vale espabilar antes de que mi carrera se malogre… “
- Sara, ¿cuándo hablarás con… – Ortega volteó el libro y leyó el nombre de su autor – Eduardo Sonseca? Quiero que entre en el suplemento del fin de semana que viene, como nuevo autor revelación de la temporada. Así que hazle una entrevista en profundidad, que se descubra a sí mismo. Ahora mismo nadie tiene ni puta idea de quién es, pero su libro cada vez se vende más. Quiero que mis lectores sepan todo de él antes de que empiece a pulular por programas de televisión.
Ortega no esperó a que Sara le dijera nada. Se volvió a su despacho inmediatamente y se puso a hablar por teléfono. Ella le miró y una vez más volvió a pensar que aquel tipo no merecía dirigir Cultura. Le repugnaba especialmente aquello de “mis lectores”. Ortega patrimonializaba cada persona que le echaba a un mísero vistazo a la sección del periódico o del suplemento del viernes. Y se lo apuntaba como un tanto que le mantuviera de momento al frente de la sección y le abriera las puertas de una posible promoción en el futuro.
La interrupción de su jefe hizo que Sara dejara de meditar acerca de su vida y derivara sus pensamientos hacia el trabajo. Sobre su mesa, en el epicentro de un esquemático y controlado desorden, estaba otro volumen de “Mujeres de paso”, el libro del que hablaba Ortega. Tenía 300 páginas, y una interesante mezcla de defectos de autor primerizo y virtudes de narrador experimental. La crítica lo había elogiado como el libro más interesante del año, y poco a poco estaba remontando lugares en la lista de ventas, gracias a que muchos lectores lo recomendaban a sus conocidos. No era un fenómeno editorial, pero podría ser el comienzo de una carrera interesante.
Sara había leído el libro la semana anterior y lo tenía lleno de anotaciones en los márgenes. Dentro de él había un par de folios con las preguntas que le había sugerido la lectura, anotadas a mano con bolígrafo de tinta azul. Pasó poco a poco las páginas en sentido inverso, hasta encontrarse con la cara del autor mirándola fijamente desde la fotografía de la presentación. Releyó por encima el texto, en el que se presentaba a Eduardo Sonseca como un joven periodista que siempre quiso ser escritor, y regresó a su fotografía. Aparecía sonriente, algo extraño en los autores de cualquier clase de libros, siempre con gesto serio. Pero él sonreía casi siempre, tenía esa clase de sonrisa pegajosa que se contagia fácilmente a su alrededor. Por eso un día le había querido. Y quizás por eso le daba tanto miedo entrevistarle.
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