En los últimos tiempos he usado muchas veces el símil de la semilla para referirme a lo que hacía para intentar cambiar de tercio. Todo era sembrar, dejar pepitas por aquí y por allí, regarlas con mimo y confiar en que alguna de ellas se hiciera fuerte como para convertirse en una planta enorme que me cobijara con su sombra. Al final lo he conseguido y mis desvelos han crecido despacio hasta convertirse en una gozosa realidad que ha ido poco a poco instalándose en mi vida.

Pero quizás hasta ahora no había caído en todo lo que había sembrado antes. En los años en los que he estado compartiendo espacio y vivencias con personas que en algunos casos he llegado a conocer bien, y que ahora forman parte del espacio personal después de abandonar el profesional. Uno sólo sabe lo que deja en las personas cuando les hace sentir su ausencia. Y quizás en ese sentido me sorprende comprobar que más personas de las que pensaba sienten mi marcha. Quizás sea porque en todo este tiempo me interesaba más saber de ellas que de mi propio trabajo, que a ratos era una excusa para poder estrechar lazos con quienes sólo eran compañeros.

Y del mismo modo que siento la marcha, me alegra la reacción. Porque sembré mucho y bueno en personas que me recordarán con cariño, o que querrán seguir sabiendo que todo marcha bien para mí. No hay nada más importante en el trayecto profesional que mirar atrás para encontrar gente que te recuerda como la persona que eres y no como el profesional que eras. No era consciente de eso hasta ahora. Y me gusta.