taking photos #2

Image by .Michi. via Flickr

Me afearon la actitud hace unos días y tuve que reconocerme en la crítica. Tiendo a escabullirme cuando hay fotos de por medio. Si alguien saca la cámara, me pongo nervioso, porque me siento incómodo posando. No tengo ni idea de qué hacer con brazos y piernas, y siempre tengo la sensación de que aparezco con caras que en realidad no son la mía. Luego las miro y no me reconozco, me pregunto por qué hago esa mueca o exactamente qué pretendía hacer con ese brazo estirado así.

Supongo que por eso siempre prefiero ser el fotógrafo, además de porque es un arte fascinante y revelador de uno mismo. Las fotografías que cada cual hace da una idea muy aproximada acerca de lo que es o lo que quiere ser, y sobre todo de su forma de ver la vida. Me interesan los puntos de vista diferentes sobre lo que ya todos hemos visto, y en cierto modo eso es lo que yo trato de hacer con todas mis limitaciones.

Otra cosa son las fotos de fiesta y su consideración casi automática como material casi público en redes sociales. Cada día uno puede ver en ellas muchas fotos básicamente malas, desenfocadas, desencuadradas, poco estéticas en general, que sólo aportan como valor el recuerdo de un buen momento. Que tampoco es mala cosa, desde luego. Pero no son las imágenes en las que me interesa aparecer, ni tampoco las que me gusta hacer.

Porque además del criterio estético al que pocas pueden acogerse, está también el sentido de privacidad, que cada vez es más difuso. Porque hemos pasado de pedir permiso para subir una foto en la que aparecen más personas, a tener que pedir que retiren alguna en la que aparecemos sin que nadie nos haya dicho nada o mucho menos pedido licencia. Y eso en según que imágenes no es plato de buen gusto, porque uno no siempre aparece todo lo presentable que debiera en según que circunstancias, ni tampoco tiene por qué cortarse aunque sepa que hay cámaras pululando por ahí, recogiendo escenas de las que quizás sólo se acuerde cuando de repente las vea en Facebook.

En su momento creé en esa misma plataforma un grupo para denunciar esa práctica inconsciente y que mucha gente se toma a la ligera. Porque el único propietario de mi imagen y de los derechos de su reproducción soy yo, y no me apetece aparecer en fotos indeseadas de momentos en los que quizás ni siquiera sabía que hubiera cámara de por medio. Y como soy fiel a esa teoría, procuro desaparecer en los instantes en los que alguien tiene el dedo rápido.

En todo caso, y como reflexión final, a veces pienso en cuántos sitios diferentes habrá una imagen mía. Subida conscientemente, replicada automáticamente, robada manualmente o almacenada porque en su momento se la pasé a alguien que me la pidió o al que se la ofrecí. O en cuántas fotos aparezco de las que ni siquiera tengo noticia o no he llegado a ver. En realidad, es casi mejor no pensarlo.

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