Archive for August, 2012
No se puede tener todo
0Hace algunos días leí sobre uno de los efectos que parecen estar detrás de la adicción de las redes sociales: la necesidad de estar al tanto de lo que te estás perdiendo. En pocas palabras, se basa en querer saber qué están haciendo tus amigos o tus contactos para ver en qué juergas no estás, qué actividades no compartes con ellos o simplemente lo bien que se lo están pasando en comparación con tu posible aburrimiento o soledad momentáneos. Tanto en directo como en diferido.
Esta ubicuidad forzada perversa también tiene relación con los picos de uso de redes sociales según especialistas en el tema, que al parecer tienen que ver con los momentos en los que estamos muy alegres o muy tristes. Por lo visto, tendemos a compartir (el otro día leí en Twitter que deberíamos acostumbrarnos a usar más el verbo “publicar”, es más realista y nos ayuda a saber mejor lo que estamos haciendo) más en momentos de euforia o de tristeza, que son también los momentos que por lo general acabamos compartiendo más con nuestros amigos.
Cruzando ambas teorías obtenemos un retrato extraño de lo que somos y lo que hacemos en redes sociales. Las humoradas se reflejan en lo que publicamos y necesitamos saber qué podríamos estar disfrutando si estuviéramos en otra parte. Vivimos con un ojo puesto en la vida que no estamos viviendo, que no estamos compartiendo con otros. En las personas con las que no estamos y en la diversión que otros nos cuentan que ha habido sin nosotros. Y yo me pregunto si eso no desemboca en una anhedonia creciente, en una incapacidad latente para disfrutar lo que tienes entre manos porque sabes que eso supone renunciar a otras cosas.
No se puede tener todo. Pero ahora ya puedes saber lo que te pierdes mientras está pasando. Así somos.
La ruta de la infamia publicada: de Alcácer a Bretón
0Tengo un vago recuerdo de lo que sucedió en Alcácer entre finales de 1992 y principios de 1993 . Quizás porque la memoria intenta evitarme malos encontronazos que me hagan mirar a mi profesión de una forma poco amable. Pero la hemeroteca está ahí, y la miseria moral mediática de la época ha quedado grabada para siempre. Para muchos fue el comienzo de lo que hoy conocemos como telebasura, la explotación consciente y miserable de tragedias personales, elevadas a la categoría de circo, con Nieves Herrero como maestra de ceremonias en el nuevo tiempo que había de venir.
Tres niñas de esa localidad desaparecieron y sus cuerpos fueron encontrados semanas después. Habían sido violadas. La cobertura alrededor de todo aquello apestó a sensacionalismo casi desde el principio, con momentos televisivos que deberían exponerse en las facultades para estimular debates profundos sobre qué era y qué es el periodismo o lo que tratan de hacer pasar como tal. Yo tenía 14 años y recuerdo un revuelo trágicamente morboso. Aún no me había planteado siquiera si quería ser periodista.
20 años después, nos vemos en las mismas, pero con el efecto amplificador de internet y las redes sociales. Dos niños desaparecen y su padre, José Bretón, es sospechoso de haberlos matado. Una investigación larga que no llega a ninguna parte y de repente alguien descubre que en una hoguera realizada por Bretón hay restos humanos que podrían pertenecer a esos críos. La Policía hizo mal su trabajo y no lo detectó en primera instancia. Algunos medios determinan que el sospechoso pasa a ser culpable y le dedican portadas en ese sentido. Le señalan y le sentencian.
También se hacen eco de “clamores populares” a través de Twitter que piden la cadena perpetua para el asesino que ellos condenan. Estimulan y retroalimentan un ambiente de revanchismo seudojusticiero, olvidan cualquier responsabilidad informativa para convertirse en altavoces de una masa enfurecida a la que a estas alturas ni siquiera le importa que la verdad sea la que parece. La gente habla y ellos quieren ser cercanos a ella, subastan el criterio por los clicks, los diarios vendidos o el share. A peso.
Los directores justificarán este tratamiento en el legítimo interés de la gente por saber qué pasa. Hay una demanda informativa que es satisfecha con creces con una mezcla indeterminada de datos y morbo. Embrutecen a lectores, oyentes y televidentes con una tragedia contada con detalles escabrosos de los que dejan al descubierto nuestras miserias como personas. Las búsquedas de Google se multiplican, los comentarios en las redes sociales crecen sin parar, la gente quiere saber. Y los medios se toman en serio su trabajo.
En días como estos, si uno tuviera una placa de periodista, como los policías, la dejaba en la mesa del jefe y renunciaba por dignidad. No me metí en esta profesión para esto.
34
4Todo o casi todo ha cambiado en apenas un año. El tránsito de los 12 meses entre los 33 y los 34 me ha hecho propietario, autónomo y tío. Además de otras cuestiones personales que no vienen a cuento en este blog, pero que han sido igualmente importantes. La vida se ha convertido en algo serio, riguroso, con obligaciones pautadas y con preocupaciones reales antes de dormir. De alguna forma me he hecho mayor. Y hoy corresponde balance de ese camino insospechado a la madurez necesaria.

Esta entrada está programada, así que probablemente el día de mi cumpleaños me cogerá dándole vueltas a proyectos e ideas. Enviando correos, madurando posibilidades, colgado del teléfono. Mi vida es así desde hace unos meses, desde que decidí probar suerte por mi cuenta. Camino en el alambre con mejor acierto unos meses que otros, y aprendo cada día de mí y de lo que supone pelear por tu cuenta en la peor época. O quizás en la mejor. Según se mire, supongo.
He dedicado muchas horas a intentar ser mejor en lo que hago para merecer con honestidad el dinero que pido a cambio de hacerlo. Es un trato con los demás y conmigo. Algunas personas me han ayudado y me ayudan mucho en este viaje y por encima de todo les agradezco su tiempo, su interés y su esfuerzo conmigo. Otras simplemente están o han estado ahí, regalándome confianza en los días en los que escasea y repitiéndome que creen en mí, a menudo más de lo que yo mismo hago. Para ellas mi gratitud es aún mayor, a pesar de que en algunos casos no estuve a la altura de lo que recibí y aunque alguna de ellas no esté ya.
También me volví lo suficientemente loco para comprarme mi casa y asentarme, para dejar de deambular y empezar a construir un proyecto personal y profesional desde un lugar en el que he encontrado refugio, paz y armonía. Y ha llegado mi sobrino para dar alegría a toda mi familia y poner cara un futuro al que necesariamente debemos mirar con esperanza, a pesar de lo que nos está tocando vivir.
Todo ha cambiado y yo ya no soy el mismo que era hace un año. A fin de cuentas, quién lo es. Uno nunca se baña en el mismo río y nunca mira al mismo tipo en el espejo. Soy yo, más curtido, más escéptico, quizás algo más taciturno. A ratos tengo que estirarme para recordar que no llevo el peso del mundo sobre mis hombros y que las cosas no me van mal a grandes rasgos.
Vivo mi profesión con una mezcla de amor y odio, como esas relaciones en las que un solo beso repara días de malestar. Son tiempos de cambios para el periodismo y para los que navegamos en sus aguas. Supongo que todos estamos igual de perdidos y es difícil asumir que algunos cambios tienen pinta de llevarnos a peor.
Por último, las cuentas íntimas, esas que cada uno hace consigo mismo sobre afectos ganados y perdidos, oportunidades, victorias y fracasos, quedan para cuando se apaga la luz. Algunos de vosotros formáis parte de ellas. Gracias a los que sumáis y gracias a los que lo habéis hecho en algún momento. Los vuestros son siempre los mejores números.


