Quería ser gurú, pero me quedé en esto
Teorías sobre la vida
El jefe que puedes llegar a ser
Sep 8th
Es probable que T. se vaya a la calle en breve. Otra vez. Su historia es la de tantos tipos cualificados y profesionales que acaban dando tumbos por empresas que no les merecen. Lleva semanas anunciándome que su jefe deambula por la oficina con aspecto de buscar víctimas nuevas, tras el ERE que salvó momentáneamente la caja y la situación.
Desde que le conozco, ha pasado por unas cuatro o cinco empresas. De todas ellas siempre me ha terminado diciendo lo mismo: “el tipo que manda no tiene ni idea“. Puede que alguna vez haya exagerado, pero en líneas generales no es la clase de persona que hace juicios de valor sin argumentos sólidos. Algunos tienen mala suerte con las mujeres, y él parece tenerla con los jefes.
Quizás sea cierto eso de que en este país hay muy buenos profesionales, pero pocos directivos eficientes, tal y como leí en una entrevista. No sé exactamente dónde está el problema, si en la falta de empatía, en la incapacidad para organizar flujos de trabajo o en el desconocimiento del arte de dirigir personas. Pero un mal jefe hace inútil el trabajo de buenos trabajadores, eso seguro.
Yo una vez fui jefe, y es la experiencia laboral más frustrante que recuerdo. Me hice cargo de un proyecto mal planteado y peor definido, que contó con la inestimable colaboración de la ineptitud colegiada de propios y extraños. Por eso a los pocos meses ya estaba dispuesto a bajarme del tiovivo en el que empezaba a convertirse mi vida. Y de paso, las de los que me acompañaron en la aventura.
Sin embargo, hay una cosa de la que con el paso del tiempo cada vez me siento más orgulloso de ese período. Defendí a los míos cuando el tipo que tenía por encima quiso ponerse chulo a mi costa y regatearles lo que se habían ganado. Fue el principio del fin, pero el único momento en todo aquel largo año en el que sentí que aquella experiencia servía para algo. Descubrí la dimensión moral de la autoridad, la miseria del servilismo y la facilidad con la que puedes llegar a hacer una quijotada cuando sólo peleas por ti mismo.
Supongo que con una familia que dependiera de mí y una hipoteca me hubiera tragado muchas cosas. Pero ni entonces las tenía ni ahora las tengo, lo que me deja las manos libres para elegir, y sobre todo para equivocarme a base de imprudencias y calenturas. La honestidad y la libertad son caras, y no necesariamente buenas para uno mismo en un plano laboral. Pero no tenía nada de todo eso en la cabeza el día en el que me quitaron de en medio.
De hecho, lo recuerdo como una jornada de orgullo, de superioridad moral imprevista e insólita, y de un alivio creciente por dejar de tener en mis manos la vida de otras personas. Y aprendí que no valgo para dirigir. En realidad, aún estoy intentando descubrir para qué sirvo exactamente.
Las ruedas que ya no sigo
Aug 30th
Ayer comenzó una nueva edición de la Vuelta Ciclista a España, con una contrarreloj nocturna por equipos. Pude ver algo en casa de mis padres, y aunque el formato me interesó al principio, sólo aguanté unos minutos delante de la televisión. Hoy me apetece indagar sobre ese desapego hacia un deporte que siempre fue uno de mis favoritos y del que hoy me siento lamentablemente ajeno.
En realidad supongo que el declive comenzó cuando estallaron los sucesivos escándalos por dopaje, comenzando por el de Festina. Hasta entonces era capaz (y sigo siéndolo) de recordar con pasión datos como que Marino Lejarreta ganó su única Vuelta en 1982, debido a la descalificación de Ángel Arroyo; o que en 1984 la ganó un belga al que nadie conocía que no volvió a hacer nada interesante en su carrera, llamado Eric Caritoux.
Para mí el ciclismo representaba muchos de los buenos valores que puede aportar el deporte a la vida: compañerismo, lealtad a una causa común, esfuerzo, entrega por el otro… Y sobre todo tenía un carácter épico basado en tipos que luchaban contra sí mismos para ser mejores que los demás. Por eso puedo recordar de carrerilla ganadores de Vuelta, Giro y Tour de la década de 1980 hasta mediados de la de 1990, en la que se produjo el cortocircuito que me alejó de este deporte. A partir de entonces soy incapaz de enumerar grandes ciclistas, más allá de Lance Armstrong y alguno más.
En todo caso, al margen de que de repente pareciera que algunos nos habían estado engañando siempre, supongo que este alejamiento también tiene que ver con el hecho de que me hiciera mayor y mirara con otros ojos la vida. Mi desengaño con el ciclismo vino acompañado de otros menos acusados, pero también irreparables, como con el fútbol. Nunca fui un gran aficionado, pero me gustaba seguir el fútbol a través de los cromos. Guardé durante años colecciones de diferentes temporadas que conseguía jugando con vecinos y amigos, como si fueran reliquias. Hasta que un día me deshice de ellos, sin más.
A pesar de ello, también puedo enumerar datos y otras cosas curiosas del fútbol de entonces que ignoro completamente del de ahora. Y de hecho me interesa más husmear en la carrera de Calderé, Gordillo o Rafa Paz, por poner algún ejemplo, que saber más de los jugadores que hoy arrastran a la gente a los campos. Como en el ciclismo, mi afición y mis ganas de saber más se quedaron con quienes representan la época en la que no me hacía preguntas incómodas y no me sentía defraudado con facilidad.
Hace poco escribía aquí sobre De la Morena y cómo ha cambiado mi perspectiva sobre él en los últimos tiempos. Quizás haya un paralelismo en esa evolución con lo que me ha pasado con el ciclismo, o el fútbol. A veces quisiera ser menos crítico y regalarme un par de héroes contemporáneos para tener alguien en quien depositar mi confianza a lo lejos, como modelo a seguir. Pero en el fondo sé que ya pasó el momento de coleccionar cromos e imágenes memorables de deportistas actuales.
A mí sólo me valen Chozas, Fuerte, Pino, Delgado, Roche, Induráin, Gorospe, Fignon, LeMond, Hinault y otros tantos que me hicieron vibrar desde el sofá. Los que vinieron después me sacaron de rueda.
Música para camaleones
Aug 24th
Siempre me ha pasado lo mismo en los conciertos desde que tengo memoria. A lo largo de la actuación voy fijándome en cada uno de los músicos e imagino durante unos instantes lo que tiene que sentir tocando ese instrumento.
Me cuelo en la coordinación perfecta del baterista, la ejecución cartesiana del bajista o la belleza colorista del guitarrista. Me imagino a mí mismo sobre ese escenario en cada uno de esos papeles, y es una sensación bastante agradable.
Nunca tuve idea alguna de música, al margen de saber distinguir lo que me gusta de lo que no. Al final tampoco sabría decir muy bien por qué me encanta Mark Knopfler y me aburre Steve Vai, o por qué Van Morrison me inspira emociones que jamás llegaré a entrever con Bon Jovi. Simplemente ocurre, estableces una conexión con un grupo o un artista que de repente te habla en un idioma que eres capaz de comprender.
Mientras escribo esto suena la lista de “Canciones para una vida” que voy elaborando aquí con temas que me sugieren algo (ya sé que la tengo un poco olvidada, pero volveré sobre ella). Son canciones distintas entre sí, sin más hilo conductor que el hecho de que me gusten y me cuenten algo que me motiva. La música entra en tratos con parte de lo que no eres capaz de entender de ti mismo, y por eso a veces resulta tan difícil defender que te guste este u otro grupo.
Siempre dije que cuando fuera rico aprendería a tocar el saxofón y abriría un local de jazz. De momento sigo siendo un periodista asalariado, que no es poca cosa en los tiempos que corren. Pero sé que la música me está esperando.
Esto no es otro decálogo para “triunfar” en Twitter
Aug 11th
Por mi trabajo acabo leyendo al cabo de la semana docenas y docenas de entradas en toda clase de blogs relacionados con medios sociales o internet. Y un porcentaje cada vez mayor de esas piezas giran en torno al concepto de ser un buen tuitero, uno de ésos que arrastran a montones de seguidores, suscitan grandes polémicas o son capaces de derrocar gobiernos si se lo proponen. Decálogos para triunfar en Twitter y ser estrellas de rock.
Los leo detenidamente, pero pienso lo mismo sobre todos ellos: casi todos los que los escriben (y muchos de los que los leen) olvidan que estamos hablando de relaciones humanas, de las de toda la vida. Y eso debería bastar para que caigamos en la cuenta de que para tener cierta resonancia o éxito en Twitter lo suyo es decir cosas que interesen a la gente, no ser pesado, no ser irrespetuoso… Es decir, todas aquéllas cosas que deberíamos aplicar en la vida real a la hora de hablar con los demás, si pretendemos pasar por gente a la que merece la pena escuchar.
Twitter es una herramienta estupenda para comunicar, para recibir información, para ver reacciones ante sucesos, para compartir cosas con los demás… Pero también hay que admitir que en determinados círculos es un entorno endogámico basado en la cultura del halago, del frote en la espalda y de la falta de crítica. Sólo tienes que echar un vistazo a los reconocimientos cruzados que son habituales en la forma de “fulano ha escrito un gran post en su imprescindible blog” o “zutano es un crack, sólo hay que leer la reflexión que acaba de publicar sobre el periodismo y el futuro de la humanidad”. Los unos y los otros siempre son los mismos, y el circuito de retroalimentación por peloteo es evidente.
Esas personas son al final quienes redactan o quienes se interesan por los decálogos en los que se cifra la influencia en el número de seguidores (algo absurdo en realidad, ya que lo importante es el nivel de compromiso, interacción, participación que puedan mostrar estos últimos, independientemente de la cantidad). Y también quienes de alguna forma pervierten el espíritu de la “recomendación social”, que se basa en que la gente busca opiniones razonablemente desinteresadas para tomar pequeñas decisiones cotidianas relacionadas con alguna clase de elección.
Dicho esto, espero con impaciencia las críticas, los cumplidos y en general todo aquello que, favorable a esta tesis o no, contribuya a sacar algo en claro de este asunto. Como siempre, la palabra es tuya. Tómala cuando quieras.
El poder de una canción
Aug 6th
S. ha estado cerca de morir. Sufrió una enfermedad grave que pudo habérselo llevado y ahora lo cuenta como una experiencia de superación que ha cambiado su forma de ver las cosas.
En los momentos más duros, en ésos en los que lo más fácil es perder la esperanza, se animaba con una canción. Le inspiraba alegría, entusiasmo, optimismo. Y es la que aún hoy escucha cada vez que alguien le llama por teléfono.
Cuando le conocí me llamó la atención que la usara como tono. Me parecía una canción horrible, y de hecho me traía unos recuerdos perversos en los que nunca había caído.
Sin embargo, después de que me explicara por qué la utiliza, sonrío cada vez que la escucho. Sigue siendo mala, pero ha salvado una vida.
Las puertas entreabiertas
Jul 11th
Si realmente existe la reencarnación, es probable que en otra vida fuera gato. A veces mi comportamiento se asemeja mucho al de cualquiera de los que he tenido a lo largo de mi vida, como en su particular filosofía de puertas entreabiertas.
Te sonará la historia si compartes o has compartido vida con felinos. Ellos necesitan saber que pueden acceder a cualquier habitación de la casa, aunque no tengan el menor interés en entrar. Si te ven cerrar una puerta, de repente se colocan a dos patas y comienzan a rascarla, mientras maúllan con tono lastimero. Y se quedan enfrente de ella, repitiendo maniobra hasta que les abres. Después, a veces ni siquiera se dignan a entrar. Se dan la vuelta y disfrutan de su victoria con un elegante paseo hacia cualquier otra parte.
Quizás en el fondo yo sea más o menos igual en eso. Tal vez necesite sentir que hay puertas que están entreabiertas para mí, y no me intereso realmente por lo que esconden hasta que siento que se cierran. Entonces me implico, lucho, armo ruido y trato de que se abran nuevamente. A veces lo consigo y me avergüenza admitir que sólo esperaba que siguieran entornadas. Pero lo más habitual es que las puertas permanezcan cerradas definitivamente y me coma la frustración durante unos días, hasta que simplemente piense en otra cosa.
Mi camino está lleno de puertas que estuvieron entreabiertas para mí, hasta que alguien se cansó y las cerró para siempre. Para cuando quise entrar, ya era tarde. Aún queda mucho por recorrer, pero el vistazo atrás a veces asusta un poco.
El mejor de los mundos
Jun 27th
Todo parece siempre muy sencillo entre amigos y con unas cervezas sobre la mesa. Yo haría esto, tú harías eso otro, y el mundo sería definitivamente un lugar mejor. De cada reunión de ese tipo el planeta sale como nuevo.
Y yo me pregunto qué sucederá cuando quienes realmente pueden cambiar el mundo se juntan con sus amigos y pueden ser honestos en la intimidad de una relación no interesada ni contaminada.
¿Se dedicarán ellos también a lanzar las propuestas que en público jamás apoyarían? ¿cómo será una reunión de Obama, Medveiev, Cameron o incluso Zapatero con aquéllos en los que confían?
Ésa es la clase de momentos que como periodista me interesaría presenciar. Los tipos más poderosos del mundo en mangas de camisa, sin asesores de prensa, representantes de lobbys, arribistas de su partido y otros elementos del ecosistema habitual de la política de cumbres. Sólo ellos con sus amigos, aquéllos a los que realmente fían sus pensamientos más profundos sobre cómo cambiar las cosas. Quizás nos llevaríamos más de una sorpresa.
Votar: ¿derecho o deber?
Jun 13th
Hoy en Bélgica se celebran elecciones anticipadas. Al margen de la peculiar situación de este país, que se enfrenta ya sin miramientos a un debate sobre su propia razón de ser como estado, me llama la atención el hecho de que allí el voto sea obligatorio. No es el único país de la UE en el que sucede esto, ya que en Italia, Chipre, Grecia y Luxemburgo los nacionales están igualmente obligados a acudir a las urnas cuando hay elecciones.
Esto invita a alguna reflexión, sobre todo desde un país en el que durante 40 años no hubo oportunidad de votar ni de escoger a nadie. Mis padres no supieron lo que eran unas elecciones hasta bien superados los 30. Y ahora votan siempre, conscientes de que es la única forma que tienen de decir lo que piensan de quienes les gobiernan o aspiran a hacerlo.
La cuestión es que en otros países con tradición democrática algo más amplia el voto parece haber perdido valor, y más en estos tiempos de crisis. Quizás por desencanto, por pasividad, por la sensación de que unos y otros vienen a ser lo mismo… Y por eso la garantía de que el resultado de unas elecciones sea representativo se establece mediante la obligatoriedad. Algo paradójico, teniendo en cuenta que muchas personas han luchado y entregado su vida durante años por la libertad, para vivir y para elegir.
Si hay que forzar a la gente a que se sienta libre y a la vez responsable del futuro del país en el que vive, algo se está haciendo mal. El sistema no es perfecto, ni satisface a todos, eso es evidente. Las leyes electorales desmotivan a muchos porque falsean el principio de “un hombre, un voto”, tal y como sucede en España o en Euskadi. Pero hasta el momento es la única forma que tenemos de guiar nuestro destino como colectivo. Si no participamos, para sostenerlo, para mejorarlo o para crear algo diferente, dejaremos que sean otros los que decidan por nosotros. Preferiría seguir equivocándome o acertando por mí mismo.
Grábame una cinta
May 9th
No sé si habras leído “Alta fidelidad“, de Nick Hornby. O si en su defecto has visto la película inspirada en el libro que dirigió hace unos años Stephen Frears. El caso es que uno de los hilos conductores de esa historia es la costumbre del protagonista de grabar cintas de música para las chicas que le gustan. Algo que yo nunca hice, pero que me hubiese encantado haber hecho.
Cada vez que veo esa película (lo he hecho varias veces, aunque el libro sólo lo he leído una vez), me acuerdo de cuando mi mundo era así de analógico. Cuando acumulaba cintas en las que iba grabando canciones sueltas de otras que me dejaban o de música que escuchaba en la radio y me gustaba. En esos tiempos tener un aparato con doble pletina te situaba casi en lo más alto de la escala social del barrio. Nunca fue mi caso, y quizás por ese déficit tecnológico no me dediqué a intentar conquistar mujeres a través de la música que me gustaba. ¿O quizás con la música que sospechaba que le gustaría a ella?
Ése es un tema interesante, porque siempre me he preguntado si esas recopilaciones tenían como objeto dibujarte a ti mismo a través de las canciones que incluías en ellas o enternecer a la destinataria con temas que la predispusieran hacia ti. En “Alta fidelidad“, el protagonista defiende la creación de cada cinta como un proceso delicado e importante, un elemento único que puede ser la mejor o peor carta de presentación.
Lo más parecido a todo eso que hago es mi lista de Spotify de “Canciones para una vida“, esos temas que saco por aquí de vez en cuando. Y cuyos vídeos también puedes ver en una lista de reproducción de mi canal de Youtube.
Ah, y curioseando por ahí me he encontrado una página interesante sobre este tema, que tal vez os guste. Se trata de cassettefrommyex.com, en la que mucha gente cuenta sus experiencias en torno a la grabación de estas recopilaciones. Son divertidas y hasta cierto punto tiernas. Como lo es echar la vista atrás e intentar reconocerte manipulando el mítico walkman de Sony o rebobinando las cintas con bolígrafos. Yo llevé a un punto de reciclaje todas las mías hace tiempo. Y a veces me pregunto si alguien las escuchó antes de destruirlas.
La vida al otro lado de la barra
May 8th
Siempre he pensado que uno de los mejores sitios para obtener una perspectiva realista de la vida es la barra de un bar. Los camareros ven y oyen muchas cosas, y algunos de ellos aprovechan también para observar y escuchar. Son muchas veces psicólogos de andar por casa, amigos de urgencia o consejeros de ocasión.
Lichis, el líder de La Cabra Mecánica, escribió una vez que es la soledad la que llena los bares. Y probablemente sea así. Buscamos formas de encontrarnos unos a otros, en un ambiente que nos permita hacerlo con cierta predisposición por ambas partes. Es un ritual que en definitiva no es tan diferente del que podemos observar en muchos animales. Los camareros están ahí para verlo, para asistir a los intentos, los rechazos, los éxitos y las estratagemas con las que tratamos de esconder nuestra necesidad de sentir la atención del otro.
Yo nunca he trabajado detrás de una barra, pero sí he observado muchas cosas delante de ella. Como la peculiar evolución de la figura del camarero a medida que avanzan las horas: de posible confesor durante el día pasa a ser objeto de deseo por la noche. Quizás incluso la misma persona. Son amables y te pegan los sablazos con una sonrisa. Y al final de la jornada se llevan a casa un capítulo más de la historia de la humanidad, resumida en el beso que fue o no fue. De los precios ya hablaremos otro día.
Actualización: @RojoVegas me indica en Twitter que la frase correcta de Lichis es “la falta de amor es la que llena los bares“. Así que conste en acta la corrección y muchas gracias a David.













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