Relatos
Vengo a equivocarme
0Vengo a confundirme. A seguir sin tenerlo claro. A dejarme llevar. A equivocarme. Durante el día intento tener algunas certezas, lo necesito. Por la noche, cuando vengo aquí, no quiero estar seguro de nada. Simplemente quiero que me hagan olvidar y que a la vez me ayuden a construir recuerdos mejores para equilibrar la balanza.
Creo que el resto de la gente que viene por aquí piensa más o menos lo mismo que yo. Nadie profundiza sobre lo que es fuera de este lugar. Todos fantaseamos sobre lo que querríamos ser, sobre lo que creímos que podríamos haber sido. Es un lugar lleno de nostalgia de tiempos que nunca llegaron, de vidas que son lo que son y hasta cierto punto a nadie le importa.
Por eso estoy aquí ahora hablando contigo. Porque tienes pinta de estar puteada y triste en el mundo real, en alguna oficina de mierda, haciendo un trabajo que siempre dijiste que nunca harías. Bajo esta luz eres hermosa y vulnerable, con un gin-tonic en la mano y mirándome de arriba abajo mientras piensas si merezco la pena.
Soy como tú, como los demás. Traigo la melancolía de serie, una tristeza pesada y densa que asoma a medida que se vacía la copa. No tengo muchos objetivos ahora mismo. Quizás, hacerte reír lo suficiente como para que acostarte conmigo sea una opción interesante. Puedo hacerte sentir bien, igual que sospecho que puedes hacer lo mismo conmigo.
Tengo casi 40 años y ahora mismo eres mi apuesta, no tengo mucho más. Cuando amanezca y la vida nos coja durmiendo en tu casa o en la mía nos contaremos alguna mentira y nos saludaremos con fingido interés cuando nos veamos por aquí. Como hacen todos los demás. Estamos aquí para equivocarnos. Y me pareces de largo el mejor error que puedo cometer esta noche.
A una canción de olvidarte
1Estoy a una canción de olvidarte. Como lo oyes. O más bien como lo oirás. Aún no tengo un solo acorde. Pero la tengo en las entrañas, peleando por salir. Tengo que elaborar ese dolor para convertirlo en algo que los demás puedan escuchar. Tengo que diseccionar la miseria que has dejado tras de ti, obligar a mis demonios a componerme un estribillo, a cantarme los coros. Tengo que hacer la mejor canción de la historia solo para convencerme de que ya no eres nada.
Cuando me pregunten los periodistas, les diré que fuiste lo mejor y lo peor que me pasó. Que te recuerdo al fondo de las copas y en los cuerpos de desconocidas. Para eso soy una estrella del rock. Para poder vivir herido y atrapado en sensaciones que alimentan mi creatividad a cambio de empobrecer mi alma. El trato no incluye ser feliz, solo correr mucho y muy rápido. Y les diré que espero que mi canción te haga sentir desgraciada por el resto de tus días. Que la escuches al otro lado de la cama que compartes con el tipo al que odias por no ser como yo.
La música es un ajuste de cuentas permanente. Es una gilipollez intentar escribir sobre la felicidad. Si uno es feliz no pierde el tiempo intentando componer una canción. Tampoco si está enamorado. La alegría no sirve. Solo la tristeza te permite crear algo que merezca la pena, es el precio que tienes que pagar porque miles de personas te escuchen mientras cantas como alguien que cuenta su historia sin conocerla.
Seré rico, famoso, tendré problemas. Mi vida será un caos, un puto desastre. Escaparé cada día de tu recuerdo para entregarme a él cada noche sobre el escenario, porque es lo que ellos esperan escuchar. Derramaré mi frustración sobre todas y cada una de las mujeres que aparezcan. Cada orgasmo será una venganza, una huida hacia adelante. Viviré en el alambre hasta que me canse y me ahorque con él.
Esa es la vida que me dará la canción que estoy a punto de vomitar. La siento rugiendo dentro de mí, y en cualquier momento los dedos dejarán de hacer escalas para tocar una melodía que hasta hace medio segundo no existía. Y surgirán las palabras con las que nadie más ha dicho que no quiere querer como quiere. Nada de lugares comunes, solo la furia de no sentirse dueño de uno mismo por desear tanto a una mujer esquiva.
No sé cuándo será todo eso. Lo único que sé es que estoy a una canción de olvidarte.
Al otro lado del espejo
0Hace algunos años escribí estos dos relatos especulares. Dos visiones de lo mismo, contadas por sus protagonistas. Me los he encontrado limpiando documentos. La vida no ha cambiado mucho desde entonces.
ÉL
El sonido del agua me despertó. Un vago rumor se fue convirtiendo en el chorro de la ducha, y entonces recordé que no había dormido solo. A mi lado había una huella de calor, y una mezcla de olor a sudor y perfume. En el suelo, unos vaqueros, una camiseta negra, un abrigo azul, ropa interior morada y unas botas marrones. Y en mi cabeza una sensación absurda de infidelidad.
En todo caso, lo que más me llamó la atención es que no recordaba nada de aquella mujer. ¿Era guapa? ¿tenía bonita figura? ¿era inteligente? ¿cómo se llamaba?… ¿cómo era posible que me hubiera acostado con alguien que ahora no sería capaz de reconocer? La situación me pareció ridícula y traté de recordar lo sucedido la noche anterior, mientras me acomodaba en el centro de la cama.
Sin embargo, por más que lo intentaba no conseguía visualizar nada de aquella mujer. Recordé algunos tramos de la noche, como la conversación a tres bandas con Alberto y Martín. Uno defendía la teoría de que cuando te deja una chica de la que estás enamorado siempre te parece que has perdido lo más bonito que existe, pero luego resulta que conoces a otra que es más guapa, más inteligente, te comprende mejor, te quiere más y te parece absurdo haber sufrido por la anterior, ya que así es el ciclo evolutivo del amor. El otro filosofaba acerca de que cada fracaso es un preparativo para conocer a la mujer de tu vida, una frase que había leído en alguna novela de John Le Carré. Cada uno trataba de ayudarme a su manera y recuerdo que en esa conversación sólo aporté la mala cara y la tristeza.
Mientras reflexionaba sobre las teorías de mis amigos, oí como se abría la puerta del baño. Hizo otra vez ese ruido horrible, y pensé que debería engrasar de una vez las bisagras. Escuché los pasos desnudos de aquella mujer por el pasillo hacia la cocina, y supuse por el ruido que se hacía un café. Me sentí tentado de levantarme de la cama e ir hacia su encuentro, pero me pareció una situación un poco violenta. ¿Qué podía decirle? ¿hola, cómo estás? ¿has dormido bien? ¿te gusta mi casa? ¿ehh, cómo te llamas?… Así que preferí esperar en la cama, y hacer como si no me hubiera despertado aún.
Mientras esperaba a que ella se tomara aquel café, analicé mis propios sentimientos. Sentía que había sido infiel. Pero no a la mujer que me había dejado, sino a lo que aún sentía por ella, que era más importante. No me gustaba la idea de ser desleal hacia mis sentimientos. Anoche quizás pensé que sería buena idea tratar de huir hacia adelante, que quizás es más fácil olvidar cuando uno emborrona el recuerdo de alguien que no te quiere con alguien que te desea. Pero el caso es que tampoco recordaba si había merecido la pena o no.
Seguro que a Marta no le había pasado nada parecido. Para ella yo ya formaba parte de un álbum de fotos cerrado. Quién sabe con cuántos tipos se habría acostado ya. Era guapa, muy atractiva, inteligente, sensual, ardiente… ¿cuánto tiempo podía una mujer así estar sola? Ella era diferente a mí. Me había olvidado de raíz, sin rodeos, con una facilidad que casi ponía en cuestión todo lo que habíamos pasado juntos. Le era indiferente, en resumidas cuentas. ¿Qué pasaba conmigo? ¿cómo me sentía? ¿qué ocurría en mi vida? A ella le daba lo mismo. Simplemente porque yo había pasado a ser una foto más en una cartera, un vago recuerdo en algún momento de balance o una historia más que contar a quien quisiera escucharla. Poco más. Pero yo la quería.
La puerta de la cocina se abrió y sentí los pasos de la desconocida dirigirse hacia mi habitación. De repente, sentí un pánico extraño, y volví a la postura de antes, como si estuviera durmiendo realmente. Cerré los ojos y esperé unos instantes. Entonces escuché como ella entraba, despacio y con suavidad. Agudicé el oído y la sentí recoger su ropa. Escuché el sonido de botones abrochándose, de botas ajustándose. Y luego escuché el golpeteo amortiguado de sus tacones rodeando la cama para llegar hasta mí.
Continué sin mover un solo músculo, con el brazo izquierdo bajo la almohada y el derecho encogido cerca de la cara. Se detuvo exactamente delante de mí, y entonces me sentí observado. Fueron segundos de tensión extraña. Quizás ella se preguntaba si debía despertarme para despedirse, o tal vez me observaba mejor y me comparaba con el chico al que conoció anoche. Todo se ve diferente a la luz del día, sin alcohol, sin sexo latente, sin soledad que paliar.
Finalmente, la escuché marcharse con lentitud. Rodeó la cama otra vez, se detuvo un momento, y reemprendió la marcha hasta abandonar mi casa. Cerró con suavidad la puerta de entrada y entonces abrí los ojos. Permanecí unos segundos más en aquella posición y después me levanté. Me sentí ridículo por haber evitado la despedida y sobre todo por no tener ni idea de cómo era la persona con la que había pasado aquella noche. Era como si ella nunca hubiera existido, igual que las horas anteriores. Nada que recordar, nada que reprochar. Lo único que indicaba su presencia en aquella casa eran dos toallas húmedas en el suelo de la habitación, una cafetera a medias con una taza vacía en la cocina y un olor que desaparecería con la brisa de la mañana. Al menos, el café aún estaba caliente.
ELLA
Hace sol. Es un bonito día. Incluso aunque sea domingo. Desde que era pequeña he odiado los domingos. Me parecían días absurdos, en los que no se podía hacer nada, con todo cerrado y con todo el mundo por la calle, paseando sin saber a dónde ir. Era como si se suspendiera durante 24 horas la vida normal.
Y esa sensación no hizo más que crecer cuando yo también lo hice. Los domingos se convirtieron en los días en los que había que quedar con un novio, hacer manitas e ir al cine. Si no tenías novio o simplemente no te apetecía quedar con él, no tenías mucho más que hacer.
Así que no sé que haré exactamente esta tarde, porque mis amigas quedarán con sus chicos, como siempre. De momento me conformaré con encontrar un autobús que me lleve a casa. No conozco bien este barrio, es la primera vez que vengo por aquí. De hecho, anoche me pareció que ésta ni siquiera era mi ciudad, cuando vine a casa de… ¿quién? Vaya, no me acuerdo de su nombre. He pasado la noche con un chico y no sabría decir como se llama. No está mal, nena.
Bueno, da lo mismo. Supongo que no volveremos a vernos. Él forma parte de la lista de tipos con los que me he acostado últimamente para pasar el rato, sin ninguna clase de intención de tener nada más. María dice que estoy en una fase en la que me dedico a besar a todas las ranas que puedo para intentar encontrar mi príncipe. Yo no estoy de acuerdo, porque ni busco ni quiero encontrar ningún príncipe, más bien me conformo con que la rana no tenga mal aliento y me divierta.
Supongo que ella me llamará luego y me preguntará por cómo me fue la noche. Y yo le diré lo de siempre, que lo pasé bien y que no hubo demasiadas sorpresas, ni para bien ni para mal. Entonces ella me soltará su típico discurso de “a veces me gustaría hacer como tú, porque últimamente me aburro con Jaime porque tal y cual…” María tiene un problema. Pertenece a esa clase de personas que llegan a despreciar lo que tienen, siempre desean lo que no poseen y envidian lo que no son. Por eso no le respondo que quizás debería hacerlo, porque su novio es un imbécil. Pero es su imbécil.
El caso es que, una noche de sábado más, no he dormido sola. He tenido el sexo y las pequeñas dosis de cariño y atención que necesito, y con eso me doy por satisfecha. Como planteamiento no deja de ser frío, lo reconozco. Tengo unas necesidades y las cubro. Los utilizo. Pero bueno, ellos también me utilizan a mí. La clase de tipo que se acuesta contigo el primer día por lo general no responde a la clase de novio que te gustaría tener. María opina que hay dos clases de hombres: los que tienen miedo a enamorarse de ti y los que tienen miedo de que te enamores de ellos. A veces pienso que tiene razón, pero tampoco me interesa comprobarlo a estas alturas de mi vida.
El amor está descartado. Desde hace casi un año transito por la vida con una saludable capa que me protege de él. Controlo la situación. Estoy con los chicos que me gustan, y jamás dejo que sobrepasen la línea de seguridad que aísla mi corazón del contacto con intrusos. Conmigo sólo hay sexo y diversión. No hay charlas profundas, amistad con derecho a compartir cama ni otras fórmulas que puedan poner en peligro mi estabilidad emocional. Tengo amigos y tengo amantes. Y esos dos conceptos nunca volverán a mezclarse.
El chico de anoche parecía buena persona. Quizás hubiera estado bien despedirme de él. Pero no he querido despertarle. He estado a punto de hacerlo, para decirle al menos que lo pasé bien con él. Aunque quizás era más importante que supiera que el café que tiene en casa es una mierda.

