Cosas que pasan

El precio justo

Tengo a tres personas por delante, así que me pongo a leer “Fever pitch”, de Nick Hornby. A ratos levanto la mirada y observo al resto de personas de la tienda. Hay una familia de lo más arquetípica: un padre que observa con envidia un Porsche Cayenne aparcado en segunda fila, una madre agobiada, dos niños pequeños insoportables que no paran de gritar y corretear, y una abuela que suspira y protesta con una cadencia milimétrica.

También hay un tipo negro bastante fornido que se ha traído una tele enorme a pulso, y un tipo con melenas que ha venido con una especie de taladro, y que despide un olor a vino sospechoso. Son los personajes principales de una tarde en la tienda de Cash Converters en Donostia.

Yo traigo esta vez dos altavoces de ordenador y el móvil que di de baja cuando saqué a los de Movistar un iPhone, a cambio de permanecer fiel otros 18 meses a la empresa que más he criticado en mi vida. Es difícil ser consecuente en el mundo real. Mi idea es pedir 20 y aceptar 15. Ésos son mis cálculos, basados en otras visitas con material similar. Cada cierto tiempo vengo para deshacerme de aparatos electrónicos que no uso.

Pero lo mejor está por llegar. La familia del padre envidioso, la mujer agobiada, los niños insoportables y la abuela quejosa ya está en el mostrador. Así que me quedan dos números para intentar colocar mi mercancía. Y justo en ese momento aparece una chica con un montón de cds en una bolsa de basura. Blanca, eso sí.

La recién llegada se sienta y deja su carga al lado con poco cuidado. Consigo identificar el logo de Negu Gorriak en la portada de uno de los discos, y calculo que debe de haber unos 40 o 50. Me llama la atención que los traiga en una bolsa de basura, y pienso que tal vez eso no le ayude demasiado a conseguir un buen precio. No es una buena estrategia ir a vender algo en esas condiciones. Yo al menos hubiera utilizado una bolsa de Carrefour, que viste un poco más y al menos hubiera sumado un par de puntos a la apariencia general del negocio.

Mientras trato de distinguir algún otro disco, pasa ahora el negro con la tele al mostrador. El tipo la levanta con la misma facilidad con la que ese trasto me rompería a mí la espalda. El tipo del taladro pasa después, ahora a un segundo puesto abierto en el mostrador. No sé cuánto va a sacar por ese trasto, pero intuyo dónde lo va a gastar.

Ahora entra en la tienda el que parece ser novio de la chica de la bolsa de basura. Parece estar enfadado, quizás por la espera o tal vez porque parte de los cds de la bolsa son suyos y no está muy de acuerdo en deshacerse de ellos. Se pelean un rato a baja intensidad y en euskera, sin que se sepa por qué, y entonces llega mi turno en el mostrador.

La negociación es rápida, pido 20 y me ofrecen 15, como había previsto. Y mientras hacen el papeleo el novio de la chica de la bolsa se marcha airado. Ésta se va detrás y no regresa. Salgo de la tienda con mis 15 euros y les veo discutir en la plaza que está al lado. Quién sabe, quizás no vendan el disco de Negu Gorriak después de todo.

Tres contra uno

Son poco más de las dos y camino a casa me encuentro a tres tipos cerrando en torno a un cuarto. La cosa pinta mal para este último, que además es más bajo y algo más enclenque que los tipos que tiene enfrente. Los estoy viendo al otro lado de la calle y dudo sobre qué hacer. Tres a uno nunca es una pelea justa, pero tampoco sé que ha hecho ese uno. Así que simplemente saco el móvil y espero acontecimientos.

Lo que sucede a continuación es uno de esos golpes de suerte o de ingenio que a veces te salvan la vida. O en este caso, te libran de una paliza. El tipo acosado se lanza de repente contra el que tiene justo delante y lo empuja con mucha fuerza, de modo que éste se da un fortísimo golpe en la espalda contra el coche que está aparcado detrás. Uno menos.

Apenas unas décimas de segundo después de hacer esto, y aprovechando el impulso del empujón, se revuelve hacia la izquierda y lanza un puñetazo que llega de pleno a la cara del segundo oponente. Al menos eso es lo que parece por el ruido (seco y rudo, con un crujido por debajo que parece dar a entender que algo se ha roto, probablemente la nariz del agredido). Segundo fuera de combate.

Y el tercero en discordia se queda inmmóvil, paralizado ante lo que ha visto. Ha tenido la oportunidad de atacar por detrás al tipo que ha tumbado a sus amigos, pero no se ha atrevido. Igual que los otros dos, es más bien grueso y poco rápido, pero lo que sobre todo parece ahora es cobarde. Son segundos de tensión y de confusión. El empujón y el puñetazo han dejado para el arrastre a sus camaradas, que no consiguen levantarse.

Consciente de su suerte, el tipo que tenía todas las de llevarse una paliza sale corriendo y desaparece al final de la calle. En una situación así quizás tienes una oportunidad entre 100 o entre 1000 de salvar la cara sin novedad. Y esta noche ha tocado.

Cuando emprendo camino a casa el que aún permanece en pie ayuda a sus compañeros a levantarse, mientras estos le insultan de todas las formas imaginables. Y de paso se llevan rapapolvos desde un par de balcones, donde algunos han presenciado la escena y hacen mofa de su condición de matones aficionados. Uno ya no puede fiarse de nadie.

Empresas y pistolas

Al Capone. Mugshot information from Science an...
Image via Wikipedia

En la estupenda “Los intocables de Elliot Ness“, Robert De Niro decía en algún momento: “Se consigue mucho más con una pistola y una palabra amable, que sólo con una palabra amable“. Al margen de que la frase la pronunciara realmente Al Capone en algún momento de su vida o fuera una creación del genial David Mamet, me ha venido en la cabeza en los últimos días a la hora de protestar ante determinadas grandes empresas.

Por ejemplo, se supone que el spam telefónico está prohibido desde hace semanas. Pese a ello, mis padres siguen recibiendo llamadas de todas las compañías de telefonía imaginables intentando venderles paquetes de internet, televisión por cable y paquetes de llamadas. A cualquier hora. Ante eso, es difícil ser amable cuando llamas al servicio de atención al cliente, especialmente sabiendo que mi padre ha dicho por activa y por pasiva que no quiere recibir más llamadas de esa gente.

Por otro lado, Iberdrola se ha tomado en serio eso de la estimación de consumo (un subterfugio para ahorrarse el dinero de enviar a alguien a que revise el contador de electricidad y cobrarte al buen tuntún) y les aplicó hace unas semanas lo consumido en el mismo mes de 2009. El problema es que no tiene nada que ver la situación, porque en esa época tanto mi hermana como yo pasamos bastantes días de ese mes en esa casa. Dos personas en 2010, cuatro en 2009. Haz la cuenta.

En lugar de invertir dinero en mejorar la infraestructura, de modo que se pueda controlar de forma adecuada el consumo a través de un sistema fiable, Iberdrola opta por cobrarte primero y revisar después la factura real. Una golfada consentida como tantas, que hace que los meses sean totalmente dispares en cuanto a consumo. Porque además sus encargados se cuidan de pasar por las casas precisamente por las mañanas, en los momentos en los que no hay absolutamente nadie en cualquier hogar donde todos sus miembros trabajen o estudien.

Son sólo dos ejemplos de empresas con las que los buenos modos nos han servido de poco, y ha habido que recurrir a medidas más contundentes, como la siempre socorrida amenaza a Consumo. En un mundo ideal, uno podría fiarse de las empresas que le dan servicio. En el actual, sobre todo en España, tienes que dar por hecho que te la van a intentar colar, y revisar al milímetro las facturas. ¿Dónde dices que tienes la pistola?

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Unas monedas para ir a Santander

Cuando estudiaba en Bilbao, volvía a casa en autobús algunos fines de semana desde la moderna Termibus que está situada al lado de San Mamés. En esta última casi siempre encontraba a alguien, normalmente chicos jóvenes, pidiendo monedas para ir a Santander. Contaban que habían perdido la cartera y con ella el dinero para regresar a casa. A mí y a todos los viajeros que deambulaban por la estación.

Por supuesto, la mayor parte de aquellos tipos no pretendían coger un autobús ni se les había perdido nada en Cantabria. Querían sacarse unos euros para lo que fuera de una forma más o menos sencilla, tal y como refleja una escena de la película “Báilame el agua“.  El problema es que los timadores acabaron con la buena fe de casi todas las personas hace tiempo. Pocos se fiaban entonces, y aún menos lo hacen ahora, cuando veo a chicos que hacen exactamente lo mismo en la estación de Chamartín.

Hoy se me ha acercado uno de ellos y me ha contado la historia. Pretendía ir a Ávila, pero había perdido la cartera. Me han sorprendido varias cosas de él: estaba apostado en la parte superior de las escaleras mecánicas (sí, esas que últimamente no funcionan) que parten desde Agustín de Foxá, esperando a la gente que pudiera aparecer y soltando el mismo rollo a todos; iba razonablemente bien vestido; y parecía educado e incluso avergonzado de pedir.

Eso me ha hecho dudar un momento, aunque al final he optado por el socorrido “no llevo nada” y he seguido camino al trabajo. Mientras caminaba, he reflexionado sobre cómo hemos dejado que nos arrebaten la capacidad de creer, no en la caridad, sino en la donación desinteresada. Porque somos muy dignos y en realidad no nos importa el dinero, sino la idea de que nos engañen para sacárnoslo. Ese orgullo de andar por casa es el que nos ata a las excusas para no dar, porque no nos fiamos de lo que harán con nuestro dinero esos necesitados que quizás no lo sean tanto.

He echado un último vistazo antes de cruzar el subterráneo y le he visto hablando con una pareja, que tenía todas las de hacer lo mismo que yo.  No me he quedado a ver si ellos picaban. Pero sólo espero que si realmente necesitaba ese dinero, para ir a Ávila o para otra cosa, haya dado con alguien con más fe en las personas que yo.

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Envíame tu teléfono

My current iPhone 'desktop'

Image by Niels van Eck via Flickr

Estimad@ amig@, compañer@, conocid@… he cambiado recientemente de teléfono y no encuentro la agenda donde tengo apuntados los que borré del anterior. Así que si por alguna razón debería tener el tuyo, házmelo llegar de la forma que desees, indicándome quien eres, claro. Puedes enviarme un mensaje al número que ya sabes, un correo, un comentario, una respuesta en alguna parte… como prefieras. Pero me ayudará mucho que lo hagas para seguir teniéndote localizad@. Muchas gracias por tu colaboración.

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¡Usted también puede hacerlo!

Bricomania (II)

Image by Jeronimo Palacios via Flickr

Está por hacerse un estudio en torno al daño que han producido los programas de bricolaje. Pero algo serio, un parte riguroso y realista de los matrimonios que han entrado en crisis, las autoestimas que ha caído en barrena y las lesiones que han desfilado por los centros de salud como consecuencia de la oscura promesa de autorrealización que se esconde tras el “hágalo usted mismo”.

Seguro que conoces a alguien que haya sido seducido por el buenrrollismo animoso del tipo barbudo de Telecinco, ése que te dice que el apaño es “fácil, sencillo y para toda la familia“. Y que por supuesto cuenta con el mayor arsenal de herramientas y aparatos que uno haya visto en su vida, incluso teniendo en cuenta que soy hijo de albañil jubilado. Así cualquiera, dirá alguno, “si yo tuviera el taladro-percutor-aireador de varios cilindros también podría hacer esa absurda mesa que me costará mucho más tiempo y dinero que una mucho mejor en Ikea”. Vete tú a saber, porque como no te explican cuánto ha costado hacer el ingenio, ni en una magnitud ni en otra, no hay forma de hacerse una idea.

En todo caso, mientras veía hoy ese programa me he acordado de un antiguo vecino en una casa anterior. De cómo un sábado por la mañana se arrancó a martillazos y otras operaciones ruidosas que anuncian grandes obras, quizás llevado por la voluntad de ser un hombre renacentista, un contable carpintero. La cosa es que la afición le duró poco más de un día, con bronca incluida de su esposa. Al día siguiente bajé a la calle a reciclar vidrio y vi un engendro de madera que aparentemente había nacido bajo la intención de ser una mesa para ordenador, dotada de bandeja y cajones.

Pero eso lo supuse después, cuando vi aparecer a unos trabajadores de El Corte Inglés unos días después con una mesa de ese corte. Y ahora creo que nunca le agradecimos lo suficiente a esa mujer que supiera parar a tiempo aquella tragedia.

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No soy quien tú pensabas

Me ha vuelto a pasar hace un rato, aunque hacía tiempo que no me ocurría. Alguien me ha agregado a Facebook y me ha preguntado si la (era una mujer) conocía. He respondido que no, porque ni nombre ni foto me decían nada, y después me ha dicho que era “la del foro”. Se refería a uno en el que no he estado nunca. Cuando le he explicado el error se ha disculpado rápidamente, se ha despedido y antes de que pudiera decir más, me ha borrado.

He tenido encuentros fugaces de ese tipo en varias ocasiones. Es el problema (o ventaja, según se mire) de tener un nombre tan común, compartido con miles de tipos que pululan igualmente por internet. Cuando era pequeño admiraba la sonoridad de nombres característicos y poco usuales, y pensaba en cómo se sentiría alguien que pudiera ser reconocido sin duda gracias a cualquiera de ellos. En aquella época me llamaba especialmente la atención el de uno de los cantantes de New Kids on the Block, Joe McIntyre. Y por supuesto no tenía ni idea de que un día podrían llegar a confundirme en algo llamado internet con otra persona que quizás estaba situada a miles de kilómetros.

Después, cuando decidí hacerme periodista, me di cuenta de que el nombre también jugaría en cierto modo en mi contra. No es una firma reconocible ni mucho menos recordable, así que mis deseos de fama o posteridad (que en realidad son más bien modestos o inexistentes) no tendrían mucho futuro. Quizás podía haberme buscado un seudónimo llamativo, al estilo de los escritores o poetas del siglo XIX que leo de vez en cuando. O jugar con mi tercer apellido, Picallo, el que utilizo combinado con la r para registrarme en todas partes.

Pero supongo que en realidad me gusta más la discreción de lo que pensaba, y un nombre de los de toda la vida siempre es una garantía de que en realidad no van a reparar mucho en ti. Ese íntimo deseo de pasar de puntillas y no hacer demasiado ruido quizás no casa mucho con el trabajo que decidí desempeñar en su momento, o el que ahora desarrollo. Pero también se presta a que de vez en cuando alguien me encuentre buscando a otra persona. Quizás ahora me lees porque en su momento buscabas a otro José Manuel Rodríguez. Si es así, espero que el error te haya merecido la pena.

Cámbiame ese cromo

Hice mi última colección de cromos con motivo del Mundial de EE.UU. ’94. Tenía 16 años y ya empezaba a desengañarme del fútbol. Recuerdo esas últimas sensaciones de relativa emoción al comprar un sobre y comprobar si aparecían jugadores que aún no tenía, o si al menos los repetidos tenían pinta de ser canjeables en buenas condiciones con otros compañeros de clase. En cierto modo, fue uno de los actos de despedida de la niñez que biológicamente ya había dejado atrás, pero que emocionalmente aún coleaba a ratos.

Lo raro es que en realidad nunca fui de coleccionar cromos, sino más bien de jugar con ellos. Me gustaban las partidas que se organizaban en el barrio, el mercadillo de préstamos y donaciones, las asociaciones interesadas que duraban lo mismo que la buena suerte, o las triquiñuelas que a veces decidían el destino de tacos inmensos. Hasta no hace mucho conservé todos esos cromos, de hasta 14 temporadas diferentes, que habían ido quedando de año en año en una caja de latón que en su momento traía galletas. Hasta que un día los revisé con cariño, uno a uno, por última vez, y después los tiré al contenedor azul.

Había en ese taco un puñado de ratos memorables, unas cuantas rabietas, trampas inconfesadas e inconfesables, pero sobre todo la sensación de que la vida un día fue tan fácil como para que sólo me turbara el ánimo haber ganado o perdido una partida. Ahora sigo el fútbol de forma ocasional, y veo en los banquillos a algunos de los jugadores que estaban entre mis cromos en su momento de esplendor. Entrenan a chicos que son bastante más jóvenes que yo, y ya se me hace raro eso de decir que un jugador está mayor, teniendo en cuenta que voy camino de cumplir 32 años. El tiempo ha pasado por ellos y por mí, y esos cromos forman parte de recuerdos de un patio que ya ni siquiera es el mismo, igual que quienes jugábamos en él.

La mayor partida de mi vida me la llevé lejos de allí, en otro barrio, gracias a Juan José, del Cádiz, y a uno de Las Palmas cuyo nombre ya no soy capaz de recordar. Me fui a mi casa con una bolsa llena de cromos, triunfador y radiante. Nunca he vuelto a sentirme como aquel día.

Adictos al sexo, los nuevos enfermos

A view of Tiger Woods as he walks off the 8th ...

Image via Wikipedia

Ayer me enteré de que la adicción al sexo entrará a formar parte de la próxima edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM 5), la biblia de la psiquiatría. No es cosa menor, porque en ese libro se recogen todas las patologías que se reconocen como enfermedades reales, y esa inclusión hace que el tema atraviese de golpe la línea entre el chiste y la reflexión.

Por lo que parece, alrededor de un seis por ciento de la población padece de este mal, aunque uno diría que es una enfermedad de ricos. De gente que puede permitírselo, básicamente. La primera noticia que tuve de ella fue hace años por un escándalo protagonizado por Michael Douglas, que debía de llevarse a la cama a todo lo que se cruzaba. En aquel momento pensé que se trataba de una excusa miserable como otra cualquiera para justificarse ante su mujer. Pero parece que el tiempo le ha dado la razón.

Recientemente hemos tenido otro caso más mediático y bastante más humillante para su protagonista, por la mofa que ha causado durante semanas. Me refiero a Tiger Woods, que ha vivido seguramente las semanas más horribles de su vida después de que se descubriera la hilera interminable de mujeres con las que se acostaba.

En todo caso, la diferencia entre un adicto y un ligón vicioso es difusa, como lo son siempre los límites de todas las enfermedades de este tipo. Ayer un tipo comentaba en la radio que en realidad la cosa no depende del número de veces que le des al sexo, sino de la necesidad que sientes de hacerlo independientemente de cuánto lo practiques. Así que si crees que sufres de este mal, amigo lector, no dejes de ponerte en las manos adecuadas para tratarte. Las que consideres más oportunas…

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Sustos en el aire

Iberia 747-200

Image by matt.hintsa via Flickr

Todo sería más fácil si pudiéramos viajar siempre en tren. Pegados al suelo, desde el centro de una ciudad a otra, sin necesidad de estar una hora antes, ni permanecer una media después para regoger el equipaje. Y sobre todo sin sustos derivados de los móviles, que pudieron haber hecho trágico el último vuelo que he tomado hasta la fecha.

El piloto del avión de Iberia que partía desde Hondarribia nos advirtió por megafonía que había algún teléfono encendido, justo después de despegar. Nos dijo en tono muy serio que por culpa de ese o esos móviles el avión había perdido durante unos instantes la conexión con los datos que necesita para abandonar el aeropuerto y para tomar la trayectoria correcta. O lo que es lo mismo, que en una de las fases más críticas de cualquier vuelo, el despegue, se había quedado a ciegas.

El mensaje caló entre el pasaje, y todos se pusieron a revisar sus teléfonos para apagarlos en caso de que se hubieran quedado encendidos, a petición de las auxiliares de vuelo. Prácticamente todo el mundo se exculpaba y decía tener el móvil fuera de servicio, como corresponde en estos casos. Yo estaba convencido de que también había desconectado el mío y simplemente lo saqué de la cazadora para hacer que el gesto fuera visible para la tripulación. Cuando lo miré me di cuenta de que estaba encendido. Lo apagué disimuladamente y el resto del viaje estuve dándole vueltas a ideas poco alegres sobre lo que hubiera podido pasar por mi culpa. Mejor no pensar en ello.

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