Redes sociales
Las cartas de amor que luego dejan de serlo
0Jean Jacques Rousseau escribió algo así como que “las cartas de amor se empiezan si saber qué se va a decir y se terminan sin saber qué se ha dicho“. A mí me pasa algo parecido con este blog. En función del día, quiero dedicarlo a sesudos y aburridos análisis sobre redes sociales, a lo que pienso, veo o siento, o simplemente a relatos que me inspiran normalmente las canciones que escucho en casa. Empiezo a escribir y a veces la idea se desvanece y me planto ahí, o derivo hacia otra parte. O hago algo totalmente distinto. Dulce Desastre es caótico y arbitrario como su autor.
El otro día alguien me dijo que me había leído un pequeño relato que publiqué justo antes de esta entrada, inspirado por Eric Clapton. Y la verdad es que me morí un poco de la vergüenza. Resulta extraño poner cara a quien te lee, cuando no es alguien con quien tienes alguna confianza, pero hasta cierto punto es algo violento hacerlo con quien te lee cosas que en cierto modo son de una ligera intimidad colateral. En esas situaciones no sé muy bien qué decir, aunque a fin de cuentas uno escribe para que le lean. O, como diría García Márquez, para que le quieran.
Cuando me he puesto delante del ordenador tenía previsto escribir algo sobre Twitter, pero la verdad es que no me apetecía una mierda. Es decir, las redes sociales me dan de comer, son mis herramientas de trabajo, mis escenarios de desarrollo y evolución, pero tampoco estoy seguro de tener algo impresionante que aportar al respecto a través de este blog. Y de hecho me aburre escribir sobre ellas en este espacio, aunque entiendo que de vez en cuando debo hacerlo para que se note que tengo alguna idea del asunto.
La verdad es que ni siquiera recuerdo el tema que pensaba tratar. Eso también forma parte de mí, la idea efervescente que se evapora si antes no la apunto en alguna parte. Últimamente he empezado a usar Wunderlist por eso, para evitar que mis frecuentes cruces de ideas me impidan llevar a cabo algunas. Ahí suelo apuntar temas para el blog que en un 50% probablemente nunca escribiré, supongo que porque me parecen tan aburridos de leer como de crear.
En su lugar intentaré escribir más cosas parecidas a lo que me gusta leer, que al final es lo que nos ha guiado a los periodistas a serlo. Contar historias no es mi fuerte, hago mejor otras cosas en el mundo de la comunicación, y en parte eso es lo que me ha ido salvando en esta reconversión industrial del periodismo. Pero el primer amor profesional de todos los que nos dedicamos a esto fue una historia bien contada en alguna parte por alguna persona.
Y eso entronca con el principio, con las cartas de amor que nadie sabe cómo empezar y después nadie sabe terminar. Esta entrada era algo parecido, para no decir mucho, pero para contar algo. No tengo muy claro si lo he conseguido, pero quienes sois tan amables de pasar por aquí a veces siempre tenéis la última palabra.
Cómo borrarse de internet (al menos en parte)
1Hace unos días ya expliqué por aquí que iba a comenzar de nuevo en las redes sociales, y que para ello había eliminado las publicaciones de años anteriores de Facebook, Twitter e Instagram (en el caso de Facebook, sigo en ello). Entre otras, la idea era eliminar todo aquello que publiqué sin ser especialmente consciente de los escenarios y las condiciones bajo las que lo estaba haciendo, y marcar un punto de inflexión informado en esa actividad. Es decir, ejercer un uso ya plenamente consciente de ellas.
Pues bien, siguiendo con ese hilo, hoy profundizo en lo que tiene que ver con limpiar, al menos en parte, tu rastro en internet. Deberíamos dedicar algún minuto de nuestro tiempo a pensar en lo que hemos ido dejando detrás con nuestra actividad en la red, y comprobar qué aparece si buscamos nuestro nombre. Es una forma de tener una noción concreta de cuál es nuestra huella, ver si nos parece adecuada y actuar en consecuencia si no es así.
Egosurfing
Para empezar, algo sencillo que hace todo el mundo: busca tu nombre y apellido en Google. Colócalos entre comillas y observa los resultados. Si, como en mi caso, se trata de una combinación más bien corriente (17,4 millones de resultados), lo más probable es que te cueste encontrar algo realmente relativo a ti, a no ser que hayas cuidado tu SEO de algún modo. Mi inversión de años de esfuerzo y curiosidad en ese tema ha dejado cuatro resultados míos en la primera página de la búsqueda que me atañe (web personal y perfiles de Twitter, Facebook y LinkedIn), lo cual no está nada mal, teniendo en cuenta la cantidad de información que Google devuelve sobre ella.
Si encuentras resultados que crees que no debieran estar ahí (lo que entonces parecía buena idea quizás no lo parezca tanto ahora, la vida es así), siempre puedes intentar que la fuente original los borre. Si se trata de un medio o un blog, puedes contactar con ellos para pedir que eliminen ese usuario que creaste en su comunidad, o ese comentario que ahora te abochorna. La Ley Orgánica de Protección de Datos está de tu parte.
Por ejemplo, en mi caso he contactado con varios blogs en los que me registré en su día para comentar con mi nombre de usuario habitual (rpicallo) precisamente para pedir que lo eliminen y que así ya no aparezca en búsquedas, puesto que no lo utilizo y posiciona mejor que otras cosas que si querría que se vieran de mí. Es decir, no es que comentara cosas que me avergüencen, sino que simplemente eso me fastidia la visibilidad de otros enlaces.
Los registros que ya no volviste a usar
Al margen de lo que aparezca o no en Google, hay que tener en cuenta que a lo largo de estos años hemos ido dejando registros inactivos por montones de sitios que hemos querido probar. Para detectar al menos algunos de ellos, puedes usar esta aplicación. Si sueles utilizar el mismo nombre de usuario, podrás ir viendo en cuáles te registraste en su día. Para eliminar las cuentas, accede a cada uno de esos servicios (pide que te recuerden la contraseña por correo si no sabes cuál es) y podrás ir cargándote esas cuentas. A veces no es fácil encontrar la opción para hacerlo, pero ante eso lo más sencillo es teclear en Google “SERVICIO + delete account” y rápidamente podrás llegar a ella.
Como ves, tampoco se trata de nada dramático, sino de limpiar en la medida de lo posible lo que vas dejando por detrás, precisamente porque cuando lo hiciste no eras tan consciente de que se quedaría ahí de por vida (más bien, en la eternidad digital que aseguran los servidores de turno, aunque dependa de que servicios, blogs, etc no cierren y borren todos esos registros). De ese modo tienes un cierto control sobre lo que aparece si te buscan, y eso profesionalmente siempre es una ventaja competitiva.
Las fotos de hoy, la preocupación de mañana
Lo que sí resulta más peliagudo y acabará siendo la preocupación de toda una generación es la ristra de imágenes de fiesta que los adolescentes y jóvenes se han acostumbrado a colocar en redes sociales, y de las que pierden en parte el control en función de las interacciones. Si una foto ha sido compartida por otro en Facebook, seguirá viéndose aunque tú borres la original. Con Twitter pasa algo parecido. Por no hablar de cualquier otro servicio fotográfico en el que puedan alojarse imágenes tuyas, pero gestionadas por otros, de los que quizás la vida en algún momento puede llegar a separarte. A menudo son fotos poco presentables.
El derecho al olvido y a la gestión de la información propia es un tema capital que irá adquiriendo importancia en la medida en que seamos conscientes de hasta qué punto nos afecta lo que dejamos detrás. Tenemos el derecho de revocar el consentimiento sobre el uso de nuestros datos, y también de cancelarlos si los consideramos excesivos o inadecuados. Que lo que fuimos no condicione lo que somos, ni mucho menos lo que queremos llegar a ser.
Tuitear de oídas
0Tengo algunas teorías al respecto, supongo que como cada cual. Ahí van:
1. El poder del titular. Twitter es el arte de la síntesis, de decir mucho en poco espacio, de titular en definitiva. Es un gran ejercicio para los periodistas, para buscar obtener el máximo interés de la gente a la que se le cruce el tuit que emitimos.
Hay gente que lo hace realmente bien, igual que hay periodistas que son excelentes tituladores. Y puede ser que haya personas que se quedan con eso, porque para ellos un buen tuit anima más a compartir que a hacer click en el enlace que le acompaña. Y quizás a veces titulemos para llegar a más gente y no para que las personas profundicen sobre lo que contamos.
2. Ser el primero en retuitear. Hay una economía (de la atención y también de la recompensa social) muy interesante en Twitter. Uno de los hechos más interesantes es que a veces parece que ser el primero en retuitear algo popular (en realidad, más bien “citar”, ya que el retuit orgánico beneficia siempre al autor de la publicación) te da la oportunidad de adquirir mucha visibilidad ante gente que a su vez sigue a quienes te van a retuitear a ti.
Parece intrincado, pero en realidad es sencillo: si el mensaje es bueno, es beneficioso para uno ser de los primeros en hacerlo viajar. Puedes rascar retuits y seguidores. Solo hay que ver lo que pasa cada noche en la que se emite ‘Salvados’, por ejemplo.
3. Fans y antifans. En Twitter no eres nadie si no tienes una cohorte de aduladores y una tropa de críticos. Eso significa que no pasas simplemente por ahí, sino que te haces notar. Supongo que esa es la teoría. El retuit a menudo es una forma de reconocimiento de una cosa o de otra, un ejercicio unívoco que puede equivaler tanto a peloteo (fijáos que interesante lo que publica este tipo) como a crítica (ya está este elemento escribiendo mierdas).
Al final el efecto viene a ser el mismo. Ni unos ni otros se leen lo que el tuitero de origen comparte. Unos porque confían ciegamente en que es algo muy interesante y otros porque consideran que es una porquería.
Esas son mis tres teorías al respecto, pero seguro que los lectores de este humilde blog tienen algo que decir al respecto. Si es así, para eso están los comentarios.

