Vivir en Madrid
Recuerdos del 15M
0Tengo sentimientos encontrados acerca del 15M. Lo viví como periodista casi desde el principio, y frecuenté Sol durante los primeros días para cubrirlo para lainformacion.com a través de Twitter. Sentí una energía arrolladora de ilusión y ganas de cambio nacidas de la indignación y del malestar ciudadano. Pero hoy no sé qué ha sido de todo eso, para qué ha servido o en qué se ha sustanciado.
Hoy hace dos años del principio de toda aquella efervescencia. Lo que más recuerdo de pasear por aquel campamento improvisado y creciente es la imagen de gente variopinta sosteniendo debates en cualquier lugar de la plaza. De repente se hizo normal que cualquiera se plantara ahí para confrontar con desconocidos sus puntos de vista, y aquella plaza tan impersonal se convirtió en un ágora, un espacio de diálogo ciudadano.
Todos los que pasaron por allí en algún momento querían cambiar las cosas. De una manera o de otra. Y supongo que siguen deseándolo. Como yo también lo hago. Mi sensación es que vivimos en un traje de hechuras reventadas que ya no admite más remiendos, y hay que confeccionar otro. Con un patrón distinto, en el que la gente quiere tener más poder de decisión. La pregunta es cómo hacerlo, cómo vertebrar todo aquello en algo que implique a las personas en un proceso colectivo que nos lleve a crear otro país, otra sociedad, otra vida para todos.
Pero lo que critico de ese movimiento es que miraba hacia arriba de forma permanente. Culpaba a los políticos de la situación a la que hemos llegado. Aunque su responsabilidad es innegable, no creo en la teoría de las élites extractivas. Los políticos surgen de la sociedad, y son un reflejo de ella en mayor o menor medida. Somos responsables de tenerlos ahí.
Lo que creo que debemos auditar, replantear, regenerar, es esta sociedad. Para que la democracia sea más participativa que representativa, para que quienes se dediquen a gestionar lo público sean personas comprometidas con la gente, con valores, y no con estructuras de poder que les garantizan un estatus de privilegio. Para promover a fin de cuentas que quien llegue a la política lo haga por los motivos adecuados, porque la sociedad ha alimentado esas actitudes. Eso, además de fomentar la solidaridad, el esfuerzo colectivo, la justicia social… Ahora no es así.
En todo caso y con todas sus pegas, el 15M marcó el rumbo a la utopía. Y eso es bueno, porque la utopía nunca es un objetivo, sino un camino permanente e inacabable hacia los valores por los que merece la pena luchar. Estoy convencido de que de esta crisis saldremos distintos, como personas, como país y como sociedad. En parte obligados y en parte aprendidos. Y parte de la lección se impartió aquellos días en Sol.
“Chico, ¿qué haces tú aquí?”
0Ha muerto Andrés. En realidad falleció hace algunas semanas, pero yo me he enterado hoy. Debía de tener más de 90 años, ya era muy mayor cuando lo conocí. Y fue algo parecido a un abuelo durante algunos días para mí.
Yo acababa de llegar a Madrid, en mi primera etapa. Vivía en el barrio de El Pilar y frecuentaba un pequeño parque en el que me dedicaba a pensar y tomar notas en una libreta, ideas para encontrar un trabajo razonable para un recién licenciado sin demasiada experiencia, sin contactos en la ciudad, y, en general, sin un plan claro de vida. Y él hacía lo que se espera de un jubilado: daba de comer a las palomas, paseaba y rumiaba despacio lo vivido. Coincidimos varios días en bancos contiguos, hasta que un día me preguntó qué hacía un chico joven como yo sentado cada mañana en un parque tomando notas.
Fue la primera persona de Madrid con la que hablé más de tres frases seguidas. Y la primera que estuvo interesada en escucharme. Sin apenas conocerme me tomó cariño, supongo que porque en cierta forma se veía reflejado en mí, y también porque se sentía solo. A ratos me contaba pasajes inconexos de su vida, me hablaba de sus años en Argentina, de los hijos que volvieron allí y de la esposa que había perdido una década antes. Vivía de recuerdos en los que sonaba el mar y su mayor aspiración era encontrar algo o alguien que le hiciera reír un rato cada día. Tuve charlas estupendas con él y me ofreció consejos que hubiesen cambiado mi vida de haberlos seguido.
Cuando surgió la oportunidad de un sitio mejor, más barato, me marché de un día para otro de aquel lugar. Nunca más volví a verle. Un conocido del barrio a veces me hablaba de él cuando cruzábamos correos. Y hoy me ha dicho que ha muerto. Era un hombre bueno. La clase de tipo que me gustaría ser dentro de 50 años, para acercarme en un parque a un muchacho de 23 años y decirle “chico, ¿qué haces tú aquí?”. Y quedarme para escucharle.
Volver a empezar (en las redes sociales)
1Hace unos días eliminé todos mis tuits, fotos de Instagram y publicaciones en Facebook (bueno, en realidad esto último está a medias, cuesta mucho trabajo y hay que ir poco a poco). Simplemente decidí marcar un punto de inflexión y volver a empezar. Limpiar todo lo anterior, recoger lo aprendido y aplicarlo en lo que haga a partir de ahora. Esa es la idea.

La cosa tiene sus matices. Cuando empecé a publicar en Twitter y Facebook no tenía ni idea de lo que implicaba, de cómo evolucionaría, igual que el resto de nosotros. Era inconsciente respecto a una privacidad prácticamente no regulada, y probablemente fui demasiado abierto en más de una ocasión. Dije en público cosas que no correspondían o para “amigos” de Facebook que en realidad ni lo eran ni lo serían, por aquello de que en los primeros tiempos agregué ahí a montones de personas con las que no tenía relación. Supongo que como muchos.
Esa es una de las cosas que me motivaba a hacer limpieza de mi pasado en esa plataforma, precisamente. Navegar publicaciones de hace años y ver comentarios de gente que no conozco me resultaba bastante extraño. ¿Quién es este tipo? ¿Por qué comentaba esta foto mía? ¿Por qué yo estaba publicando según qué cosas para que las viera este, o este otro, que en definitiva son personas que nunca llegué a conocer en persona? En el proceso de aprendizaje de qué era aquello me fui quitando de encima a esos mal llamados “amigos”, porque no dejaban de ser contactos a los que me estaba abriendo sin justificación real.
Por otra parte, en la revisión de esas publicaciones sí he visto a personas que fueron importantes para mí y que ahora por diferentes motivos ya no están, ni en mi lista de amigos de Facebook ni en mi vida. Eso también resulta incómodo. Hasta cierto punto Facebook hace real aquello de que el mar siempre devuelve los restos del naufragio. E independientemente del enfriamiento o ruptura de relaciones, ahí se quedan esos comentarios o “me gusta” de cuando las cosas eran distintas. Un histórico de lo que fue que resulta en algún caso el recuerdo de un fracaso o de un mal final indeseado.
En Twitter pasa algo parecido. Parte de los tuits borrados de un plumazo se corresponden con conversaciones que tuve con personas con las que compartí tiempo y afinidades, y que ahora no están. Aunque afortunadamente también los hay con personas que están por aquí y me siguen aportando mucho en lo personal y lo profesional. Al final se trata de una evolución documentada de relaciones (estoy convencido de que una monitorización adecuada de lo que hace alguien en Twitter te revela muchísimas cosas de cómo hay personas que entran y salen de su vida, y el grado de cercanía) que tampoco me hace sentir especialmente cómodo.
Mi idea no es dejar tras de mí un rastro de lo que he sido ni de las personas para las que lo he sido. Esa idea me resulta bastante problemática. Supongo que porque me dedico a esto y parte del tiempo lo paso estudiándome consecuencias sobre las personas de la laxitud que vamos adoptando de forma natural sobre lo que antes resultaba privado. Y me preocupa.
Esta idea de borrar mi pasado ahí llevaba rondándome la cabeza desde que sucedió la tragedia del Madrid Arena y algunos medios empezaron a “registrar” redes sociales para obtener fotos y “testimonios” de algunas fallecidas. Me imaginé a mí mismo en una situación de popularidad indeseada y a cualquier compañero de profesión diciendo que yo en Twitter solía dar caña al PP, fajarme a lo bestia con trolls o hacer bromas con modernos y chicas vascas. Y me resultó muy vergonzoso, tanto para mí como para los míos, que apenas saben de esto y se iban a encontrar con un hijo, hermano, sobrino etc bastante lenguaraz y descarado.
No sé si soy el único que ha hecho ese ejercicio alguna vez, el de pensar qué sucedería si mañana todos se interesan por ti y pueden tener acceso a muchas cosas que has ido dejando voluntariamente. Y eso que afortunadamente nunca he sido de aparecer en fotos o colgar imágenes en las que salga yo con los demás, o no (soy muy escrupuloso con el asunto de la imagen ajena y nunca me he sentido cómodo sabiendo que una foto en la que salgo yo está por ahí a saber en manos de quién o para qué).
Lo que quiero decir con todo esto es que he intentado hacer un ejercicio de consciencia sobre lo hecho, ahora que sé por mi actividad profesional qué implica. Mi intención es que mis recuerdos sigan siendo míos y de las personas que los comparten por haberlos vivido conmigo, nada más. Y realmente no me apetece dejar una estela tras de mí de publicaciones con las que luego ni siquiera esté de acuerdo (algo normal por otra parte, porque la vida es la historia de una opinión revisada).
Así que por ello he programado la aplicación que usé para eliminar mis tuits para que barra aquellos que tengan más de 3 meses de vida. Y por eso seguiré haciendo limpiezas periódicas en el resto de plataformas. Para que, si alguien tiene que recordarme, sea por lo que compartió conmigo, y no por lo que un día vio que tuiteaba o indicaba en Facebook. En la medida de lo posible, quiero documentar mi paso por esta vida en el corazón de las personas a las que haya llegado o llegue. Mi legado digital será exiguo o inexistente, y supongo que se centrará en este blog, que es el diario de mi vida, mis inquietudes y mi evolución. O al menos eso es lo que intento.

