Quería ser gurú, pero me quedé en esto
Vivir en Madrid
Maneras de ser pobre
Aug 8th
Desde que vivo aquí me he encontrado con diferentes modelos de indigentes. Son formas distintas de intentar sobrevivir a una ciudad encallecida por la prisa y la necesidad de mirar a otro lado para no tener que pensar.
Ayer pensaba sobre eso en el metro, después de ver salir a un tipo que lanzó un discurso de varios minutos acerca de cómo se había quedado sin empleo, había perdido la posibilidad de pedir ayudas a la comunidad de Madrid por haberse empadronado fuera de la región y otros detalles de su mala suerte. Lo hizo de una forma tan elocuente y educada que sorprendía que estuviera en esa situación. Quizás por eso dejó el vagón sin que nadie le diera una sola moneda.
Para pasar por pobre hay que parecerlo, según esquemas que muchos siguen manejando. Los indigentes tienen que ser tipos inmigrantes, tener malas trazas e inspirar compasión. Ésos son pobres asumibles o comprensibles, y no los que tienen aspecto de ser como cualquiera de nosotros, y a los que la vida de repente les ha segado la hierba bajo los pies. Estos últimos preocupan porque están cerca de la persona media, y nos recuerdan que una mala carta pueda echar por tierra la partida de años.
También me llaman la atención los que piden en la calle con algún animal, a veces cachorros. En la calle de El Carmen hay un indigente con dos perras preñadísimas. En breve tendrán cachorros y me pregunto qué pasará con ellos. Para estas personas tener uno de esos animales al final es una bendición, porque hace que las personas se paren a mirarlos, se enternezcan y dejen alguna moneda para alimentarlos. Somos así, nos detenemos para mirar un perrito y no hacemos cuenta del tipo que pide para sobrevivir que está a su lado. Piénsalo la próxima vez que te cruces con alguno.
El poder de una canción
Aug 6th
S. ha estado cerca de morir. Sufrió una enfermedad grave que pudo habérselo llevado y ahora lo cuenta como una experiencia de superación que ha cambiado su forma de ver las cosas.
En los momentos más duros, en ésos en los que lo más fácil es perder la esperanza, se animaba con una canción. Le inspiraba alegría, entusiasmo, optimismo. Y es la que aún hoy escucha cada vez que alguien le llama por teléfono.
Cuando le conocí me llamó la atención que la usara como tono. Me parecía una canción horrible, y de hecho me traía unos recuerdos perversos en los que nunca había caído.
Sin embargo, después de que me explicara por qué la utiliza, sonrío cada vez que la escucho. Sigue siendo mala, pero ha salvado una vida.
Los conciertos que nos quedan
Jul 17th
Ya tengo en las manos la entrada para ir a ver a Mark Knopfler en Las Ventas. Casi 20 años después de que descubriera a Dire Straits gracias a un vecino que no paraba de escuchar el disco “Making movies“, podré ver en directo a uno de mis músicos favoritos dentro de unos días.
Ese concierto es todo un desagravio, pero mi lista de pendientes sigue siendo enorme. Hay un montón de artistas y grupos a los que aún no he tenido oportunidad de ver en directo, ya sea por lo caro que se cotizan o porque ni las fechas ni el lugar hayan sido adecuados hasta ahora.
Los casos más sangrantes son los de U2, Bruce Springsteen y Coldplay. Los tres han actuado en Donostia, cerca de donde vivía antes, y en ninguno de los casos conseguí verlos. De hecho, U2 regresa este año y tampoco estaré allí para disfrutarlo. Para cuando quise hacer algo, ya no había entradas.
Al margen de eso, ahora que vivo en Madrid han aumentado las opciones de ver buenos conciertos. Pero hay que estar atento y sobre todo estar dispuesto a dejarte un buen dinero. Por ejemplo, hace apenas unas semanas pasaron por aquí los Spandau Ballet. Las localidades costaban una pasta, aunque quizás estaba justificado porque era su gira de reunión, tras años de conflictos legales entre los hermanos Kemp y el resto del grupo. También los vi pasar de largo.
Y últimamente estaba intentando hacerme con entradas para ir a ver a Joan Manuel Serrat en su nueva gira en honor a Miguel Hernández. Los precios de las entradas son de los que invitan a hacer números, comparaciones y reflexiones. Así que creo que esta vez tampoco será.
De todos modos, lo caro o lo barato de ver un concierto es algo relativo, a veces increíblemente flexible. Pagué más de 70 euros por ver a los Rolling Stones (después me enteré de que dejaron pasar a gente gratis, porque la gente no se fiaba de que el concierto fuera a celebrarse y no se habían vendido todas las localidades) y me pareció incluso un precio ajustado por el espectáculo que ofrecieron.
También es verdad que uno nunca sabe cuándo será la última gira de los Stones. Llevan jugando con eso desde hace años y por eso siempre parece que no habrá otra oportunidad. Afortunadamente, yo ya tuve la mía. Y espero tenerla con otros tantos.
Agua por cerveza
Jul 12th
Los conocí hace unas semanas, cuando iba al supermercado a hacer la compra. Son dos tipos rumanos, o quizás de algún otro país del este. Merodean el barrio y últimamente habían decidido colocarse allí para pedir dinero a los clientes.
Aquel día uno de ellos se levantó y me saludó educadamente. En un español sorprendentemente bueno me pidió unas monedas para comprar algo. Le dije que no llevaba dinero, sino tarjetas, cosa que es cierta desde hace mucho tiempo. Y entonces él me pidió que les comprara a su compañero y a él unas cervezas, “esas baratas”. Era un día de verano anticipado, con más de 30 grados.
Me negué a comprarle alcohol, pero le propuse un trato. Le dije que le compraría agua, igualmente refrescante y necesaria para afrontar el calor de esta maldita ciudad en los últimos días. Él se encogió de hombros y aceptó. Y al rato volví a pasar para dejar dos botellas de litro y medio, una para cada uno.
He repetido esa operación desde entonces. Ellos saben que en ningún caso les compraré alcohol o les daré dinero, pero sí pueden contar con el agua que ya ni siquiera hace falta que me pidan. No es la donación más espectacular del mundo, pero en cierto modo creo que es la mejor alternativa que he podido encontrar para ayudarles.
Por apenas un euro ellos tienen agua para pasar uno o dos días, y yo puedo justificar mejor ante mí mismo las porquerías que a veces compro en el supermercado. Todos salimos ganando.
Unas monedas para ir a Santander
Jun 17th
Cuando estudiaba en Bilbao, volvía a casa en autobús algunos fines de semana desde la moderna Termibus que está situada al lado de San Mamés. En esta última casi siempre encontraba a alguien, normalmente chicos jóvenes, pidiendo monedas para ir a Santander. Contaban que habían perdido la cartera y con ella el dinero para regresar a casa. A mí y a todos los viajeros que deambulaban por la estación.
Por supuesto, la mayor parte de aquellos tipos no pretendían coger un autobús ni se les había perdido nada en Cantabria. Querían sacarse unos euros para lo que fuera de una forma más o menos sencilla, tal y como refleja una escena de la película “Báilame el agua“. El problema es que los timadores acabaron con la buena fe de casi todas las personas hace tiempo. Pocos se fiaban entonces, y aún menos lo hacen ahora, cuando veo a chicos que hacen exactamente lo mismo en la estación de Chamartín.
Hoy se me ha acercado uno de ellos y me ha contado la historia. Pretendía ir a Ávila, pero había perdido la cartera. Me han sorprendido varias cosas de él: estaba apostado en la parte superior de las escaleras mecánicas (sí, esas que últimamente no funcionan) que parten desde Agustín de Foxá, esperando a la gente que pudiera aparecer y soltando el mismo rollo a todos; iba razonablemente bien vestido; y parecía educado e incluso avergonzado de pedir.
Eso me ha hecho dudar un momento, aunque al final he optado por el socorrido “no llevo nada” y he seguido camino al trabajo. Mientras caminaba, he reflexionado sobre cómo hemos dejado que nos arrebaten la capacidad de creer, no en la caridad, sino en la donación desinteresada. Porque somos muy dignos y en realidad no nos importa el dinero, sino la idea de que nos engañen para sacárnoslo. Ese orgullo de andar por casa es el que nos ata a las excusas para no dar, porque no nos fiamos de lo que harán con nuestro dinero esos necesitados que quizás no lo sean tanto.
He echado un último vistazo antes de cruzar el subterráneo y le he visto hablando con una pareja, que tenía todas las de hacer lo mismo que yo. No me he quedado a ver si ellos picaban. Pero sólo espero que si realmente necesitaba ese dinero, para ir a Ávila o para otra cosa, haya dado con alguien con más fe en las personas que yo.
La vida al otro lado de la barra
May 8th
Siempre he pensado que uno de los mejores sitios para obtener una perspectiva realista de la vida es la barra de un bar. Los camareros ven y oyen muchas cosas, y algunos de ellos aprovechan también para observar y escuchar. Son muchas veces psicólogos de andar por casa, amigos de urgencia o consejeros de ocasión.
Lichis, el líder de La Cabra Mecánica, escribió una vez que es la soledad la que llena los bares. Y probablemente sea así. Buscamos formas de encontrarnos unos a otros, en un ambiente que nos permita hacerlo con cierta predisposición por ambas partes. Es un ritual que en definitiva no es tan diferente del que podemos observar en muchos animales. Los camareros están ahí para verlo, para asistir a los intentos, los rechazos, los éxitos y las estratagemas con las que tratamos de esconder nuestra necesidad de sentir la atención del otro.
Yo nunca he trabajado detrás de una barra, pero sí he observado muchas cosas delante de ella. Como la peculiar evolución de la figura del camarero a medida que avanzan las horas: de posible confesor durante el día pasa a ser objeto de deseo por la noche. Quizás incluso la misma persona. Son amables y te pegan los sablazos con una sonrisa. Y al final de la jornada se llevan a casa un capítulo más de la historia de la humanidad, resumida en el beso que fue o no fue. De los precios ya hablaremos otro día.
Actualización: @RojoVegas me indica en Twitter que la frase correcta de Lichis es “la falta de amor es la que llena los bares“. Así que conste en acta la corrección y muchas gracias a David.
Un año en Madrid
May 4th
Hace un par de días se cumplía un año de mi llegada a esta ciudad. Aquel día a a estas horas estaba deshaciendo un par de maletas, después de bajarme del tren que me traía desde Donostia hasta Chamartín. Hacía mucho calor y estaba bastante nervioso por empezar esta segunda etapa en Madrid, en una nueva empresa y con un cometido que no había desempeñado hasta entonces.
Y resulta que han pasado 12 meses desde ese día. Con su cosas buenas y malas, tanto en lo personal como en lo profesional. En los dos ámbitos he crecido, me he equivocado bastante, he acertado de vez en cuando y he aprendido mucho. A veces no tanto como quisiera o incluso menos de lo que pensaba, pero mi segundo año en esta ciudad comienza en las próximas horas con la misma hoja de ruta que el primero: intentar ser feliz.
Yo nunca sé cuánto tiempo me queda en ninguna parte, porque hace tiempo que dejé de vivir en la ficción de que controlo mi vida. Pero la cuestión es que los sueños y las ideas se van cuadrando por su cuenta, a su ritmo, sin respetar lo escrito o lo planificado. La vida sigue siendo esa misteriosa combinación de vientos cálidos y fríos, huracanados y suaves, que te empuja a moverte y a volver.
Tengo suerte y más en los tiempos que corren. Trasladé mi vida en el momento justo, antes de que el lugar del que quería escapar comenzara a venirse abajo por el peso de la miseria y la infamia acumulada. Ofrecí el mar, la tranquilidad y el calor de mi gente a cambio de una oportunidad única para volver a disfrutar de mi profesión, y para redescubrir una ciudad en la que sólo llegué a estar de paso. Además aquí esperaban Verónica, Álex, Ana y tantos otros que hacen que todo merezca la pena incluso cuando no lo parece. Va por vosotros. Y por ti, que me lees sin conocerme. Feliz aniversario.
Madrid, ciudad hostil para bicicletas
Apr 11th
Sevilla, Barcelona, Vitoria-Gasteiz… cada vez son más las ciudades españolas que incorporan la bicicleta a su paisaje urbano y a su trazado de transporte público. Los beneficios son incuestionables, tanto para la salud de quienes las utilizan en lugar del coche, como para la ciudad que se ahorra el CO2 producido por esos vehículos. Pero en Madrid la bicicleta sigue siendo la excepción, la nota anecdótica en un mar de coches.
Hace algunas semanas que tengo una plegable, de ésas que puedes convertir en un paquete del tamaño de una maleta pequeña. Y cada vez que salgo a pasear con ella tengo la sensación de ser un tipo raro, porque no suelo encontrar a ninguna otra persona que circule con una. Ni siquiera en zonas alejadas del centro donde escasea el tráfico y los fines de semana apenas hay movimiento. Mientras otras ciudades ya han emprendido la necesaria pelea para recuperar determinadas zonas para las personas, Madrid sigue entregada a los coches.
Pero también es cierto que ahora esta ciudad afronta un reto interesante que podría cambiar esa tendencia. Se habla de planes de futuro para la Gran Vía, que hace unos días ha cumplido 100 años, y que podría ser peatonalizada. Si la avenida más célebre de la ciudad es ganada para la causa de los viandantes y las bicicletas, podría ser el principio de un cambio necesario hacia un Madrid más verde, más humano, más soportable.
Por eso somos muchos los que cruzamos los dedos y esperamos que el Ayuntamiento tome una decisión valiente (mucho, la Gran Vía nació para comunicar esta ciudad de este a oeste) y esperanzadora. Aunque sabemos que no sería ni mucho menos para un futuro próximo, porque Madrid concentra en solitario alrededor de la mitad de la deuda de todos los municipios españoles. Así que no son buenos tiempos para obras no esenciales. Pero sería tan bonito recorrerla en bicicleta, en unos carriles bici en condiciones… Quién sabe.
Comparte coche para ir o volver de Donostia
Apr 7th
¿Eres de Donostia o alrededores, pero vives en cualquier otra parte de España? ¿te gustaría poder ir más a menudo a tu casa, pero los precios prohibitivos de Iberia y la lentitud desesperante del tren te echan para atrás? ¿tienes coche y volverías con más frecuencia en caso de que encontraras con quien compartir los gastos del viaje?
Si has respondido “sí” a al menos dos de las anteriores preguntas, puede que te interese lo que voy a intentar poner en marcha. En Facebook creé en su momento la página “Donostiarras por el mundo“, como un simple homenaje a los que vivimos fuera pero queremos volver de vez en cuando. Ahora hay 89 personas, y según las estadísticas 61 de ellas viven en España. Algunas tendrán coche, otras no. Algunas volverán a menudo a Donosti, otras muy poco y habrá quien no lo haga prácticamente nunca. Pues la idea es poner en común las condiciones y aspiraciones de cada cual para ver si es posible llegar a acuerdos que hagan más económico y cómodo regresar a casa.
Ya existen servicios y webs que invitan a compartir coche, y de hecho yo me he inscrito en alguno. Pero la ventaja que tendría esto es que al menos uno de los dos puntos, el de salida o el de llegada sería básicamente el mismo. Así que te invito a que te hagas fan de esa página y compartas con el resto de los usuarios tu situación: en qué ciudad vives, si tienes coche o no, y si te apetece viajar con otros, ya sea como pasajero o como conductor, a cambio de un trayecto más corto y barato.
Para hacerlo de una forma práctica y ordenada, usaremos los foros de la página, en los que ya hay creados dos hilos: Madrid- Donostia y Barcelona-Donostia. Se crearán tantos como hagan falta. Para contar si viajas o si quieres viajar entre éstas u otras ciudades sólo tienes que responder al hilo correspondiente.
Libertad videovigilada
Apr 6th
Un fan de las distopías que viva en Madrid podría figurarse un futuro próximo con trocitos de nuestras vidas diarias diseminados en miles de grabaciones de vídeo de otras tantas fuentes. También una agencia gubernamental que se encargara de recuperarlos para reconstruirlas y asegurarse de que somos buena gente, de supervisar nuestros comportamientos y de tomar medidas correctoras contra los que no cultivan actitudes sanas.
Pero yo, que no soy fan de los futuros distorsionados y pesimistas, me limito a comprobar que cada vez hay más cámaras a mi alrededor, y que cada vez me siento menos libre y más vigilado. La última en llegar a mi entorno ha sido precisamente la que desde hace unos días vigila el portal. Dicen que había prostitutas entrando y saliendo a determinadas horas, y que así no tendrán otra alternativa que irse a otra parte. Es curioso, la solución a esta clase de cosas siempre es que la molestia se vaya a otra parte, y que sean otros los que tengan que bregar con ella.
El caso es que no todos los vecinos están ni estarán de acuerdo. Uno refunfuña por sentirse observado en plena calle, pero a fin de cuentas es una vía pública en la que hay otros tantos millones de personas. Poco o nada que objetar. Pero es lamentable sentirte también así en cuanto cruzas el umbral presuntamente seguro de tu portal, de camino a los pocos metros cuadrados de intimidad que puedas permitirte.
En campos así es donde se libra la batalla real entre la seguridad y la libertad, opuestas conscientemente por los que han creado un mundo en el que siempre tienes que protegerte de alguien, pero sobre todo de la mala conciencia. Esta ciudad está llena de cámaras, de verjas, de tipos que vigilan y de gente que sospecha. Y a veces dan ganas de levantar la mano en plena calle, como quien no quiere la cosa. Para saludar a quien sea que esté mirando en ese momento.







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