A una canción de olvidarte

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Estoy a una canción de olvidarte. Como lo oyes. O más bien como lo oirás. Aún no tengo un solo acorde. Pero la tengo en las entrañas, peleando por salir. Tengo que elaborar ese dolor para convertirlo en algo que los demás puedan escuchar. Tengo que diseccionar la miseria que has dejado tras de ti, obligar a mis demonios a componerme un estribillo, a cantarme los coros. Tengo que hacer la mejor canción de la historia solo para convencerme de que ya no eres nada.

Cuando me pregunten los periodistas, les diré que fuiste lo mejor y lo peor que me pasó. Que te recuerdo al fondo de las copas y en los cuerpos de desconocidas. Para eso soy una estrella del rock. Para poder vivir herido y atrapado en sensaciones que alimentan mi creatividad a cambio de empobrecer mi alma. El trato no incluye ser feliz, solo correr mucho y muy rápido. Y les diré que espero que mi canción te haga sentir desgraciada por el resto de tus días. Que la escuches al otro lado de la cama que compartes con el tipo al que odias por no ser como yo.

La música es un ajuste de cuentas permanente. Es una gilipollez intentar escribir sobre la felicidad. Si uno es feliz no pierde el tiempo intentando componer una canción. Tampoco si está enamorado. La alegría no sirve. Solo la tristeza te permite crear algo que merezca la pena, es el precio que tienes que pagar porque miles de personas te escuchen mientras cantas como alguien que cuenta su historia sin conocerla.

Seré rico, famoso, tendré problemas. Mi vida será un caos, un puto desastre. Escaparé cada día de tu recuerdo para entregarme a él cada noche sobre el escenario, porque es lo que ellos esperan escuchar. Derramaré mi frustración sobre todas y cada una de las mujeres que aparezcan. Cada orgasmo será una venganza, una huida hacia adelante. Viviré en el alambre hasta que me canse y me ahorque con él.

Esa es la vida que me dará la canción que estoy a punto de vomitar. La siento rugiendo dentro de mí, y en cualquier momento los dedos dejarán de hacer escalas para tocar una melodía que hasta hace medio segundo no existía. Y surgirán las palabras con las que nadie más ha dicho que no quiere querer como quiere. Nada de lugares comunes, solo la furia de no sentirse dueño de uno mismo por desear tanto a una mujer esquiva.

No sé cuándo será todo eso. Lo único que sé es que estoy a una canción de olvidarte.

Cómo borrarse de internet (al menos en parte)

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Hace unos días ya expliqué por aquí que iba a comenzar de nuevo en las redes sociales, y que para ello había eliminado las publicaciones de años anteriores de Facebook, Twitter e Instagram (en el caso de Facebook, sigo en ello). Entre otras, la idea era eliminar todo aquello que publiqué sin ser especialmente consciente de los escenarios y las condiciones bajo las que lo estaba haciendo, y marcar un punto de inflexión informado en esa actividad. Es decir, ejercer un uso ya plenamente consciente de ellas.

Pues bien, siguiendo con ese hilo, hoy profundizo en lo que tiene que ver con limpiar, al menos en parte, tu rastro en internet. Deberíamos dedicar algún minuto de nuestro tiempo a pensar en lo que hemos ido dejando detrás con nuestra actividad en la red, y comprobar qué aparece si buscamos nuestro nombre. Es una forma de tener una noción concreta de cuál es nuestra huella, ver si nos parece adecuada y actuar en consecuencia si no es así.

Egosurfing

Para empezar, algo sencillo que hace todo el mundo: busca tu nombre y apellido en Google. Colócalos entre comillas y observa los resultados. Si, como en mi caso, se trata de una combinación más bien corriente (17,4 millones de resultados), lo más probable es que te cueste encontrar algo realmente relativo a ti, a no ser que hayas cuidado tu SEO de algún modo. Mi inversión de años de esfuerzo y curiosidad en ese tema ha dejado cuatro resultados míos en la primera página de la búsqueda que me atañe (web personal y perfiles de Twitter, Facebook y LinkedIn), lo cual no está nada mal, teniendo en cuenta la cantidad de información que Google devuelve sobre ella.

Si encuentras resultados que crees que no debieran estar ahí (lo que entonces parecía buena idea quizás no lo parezca tanto ahora, la vida es así), siempre puedes intentar que la fuente original los borre. Si se trata de un medio o un blog, puedes contactar con ellos para pedir que eliminen ese usuario que creaste en su comunidad, o ese comentario que ahora te abochorna. La Ley Orgánica de Protección de Datos está de tu parte.

Por ejemplo, en mi caso he contactado con varios blogs en los que me registré en su día para comentar con mi nombre de usuario habitual (rpicallo) precisamente para pedir que lo eliminen y que así ya no aparezca en búsquedas, puesto que no lo utilizo y posiciona mejor que otras cosas que si querría que se vieran de mí. Es decir, no es que comentara cosas que me avergüencen, sino que simplemente eso me fastidia la visibilidad de otros enlaces.

Los registros que ya no volviste a usar

Al margen de lo que aparezca o no en Google, hay que tener en cuenta que a lo largo de estos años hemos ido dejando registros inactivos por montones de sitios que hemos querido probar. Para detectar al menos algunos de ellos, puedes usar esta aplicación. Si sueles utilizar el mismo nombre de usuario, podrás ir viendo en cuáles te registraste en su día. Para eliminar las cuentas, accede a cada uno de esos servicios (pide que te recuerden la contraseña por correo si no sabes cuál es) y podrás ir cargándote esas cuentas. A veces no es fácil encontrar la opción para hacerlo, pero ante eso lo más sencillo es teclear en Google “SERVICIO + delete account” y rápidamente podrás llegar a ella.

Como ves, tampoco se trata de nada dramático, sino de limpiar en la medida de lo posible lo que vas dejando por detrás, precisamente porque cuando lo hiciste no eras tan consciente de que se quedaría ahí de por vida (más bien, en la eternidad digital que aseguran los servidores de turno, aunque dependa de que servicios, blogs, etc no cierren y borren todos esos registros). De ese modo tienes un cierto control sobre lo que aparece si te buscan, y eso profesionalmente siempre es una ventaja competitiva.

Las fotos de hoy, la preocupación de mañana

Lo que sí resulta más peliagudo y acabará siendo la preocupación de toda una generación es la ristra de imágenes de fiesta que los adolescentes y jóvenes se han acostumbrado a colocar en redes sociales, y de las que pierden en parte el control en función de las interacciones. Si una foto ha sido compartida por otro en Facebook, seguirá viéndose aunque tú borres la original. Con Twitter pasa algo parecido. Por no hablar de cualquier otro servicio fotográfico en el que puedan alojarse imágenes tuyas, pero gestionadas por otros, de los que quizás la vida en algún momento puede llegar a separarte. A menudo son fotos poco presentables.

El derecho al olvido y a la gestión de la información propia es un tema capital que irá adquiriendo importancia en la medida en que seamos conscientes de hasta qué punto nos afecta lo que dejamos detrás. Tenemos el derecho de revocar el consentimiento sobre el uso de nuestros datos, y también de cancelarlos si los consideramos excesivos o inadecuados. Que lo que fuimos no condicione lo que somos, ni mucho menos lo que queremos llegar a ser.

Tuitear de oídas

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Tengo algunas teorías al respecto, supongo que como cada cual. Ahí van:

1. El poder del titular. Twitter es el arte de la síntesis, de decir mucho en poco espacio, de titular en definitiva. Es un gran ejercicio para los periodistas, para buscar obtener el máximo interés de la gente a la que se le cruce el tuit que emitimos.

Hay gente que lo hace realmente bien, igual que hay periodistas que son excelentes tituladores. Y puede ser que haya personas que se quedan con eso, porque para ellos un buen tuit anima más a compartir que a hacer click en el enlace que le acompaña. Y quizás a veces titulemos para llegar a más gente y no para que las personas profundicen sobre lo que contamos.

2. Ser el primero en retuitear. Hay una economía (de la atención y también de la recompensa social) muy interesante en Twitter. Uno de los hechos más interesantes es que a veces parece que ser el primero en retuitear algo popular (en realidad, más bien “citar”, ya que el retuit orgánico beneficia siempre al autor de la publicación) te da la oportunidad de adquirir mucha visibilidad ante gente que a su vez sigue a quienes te van a retuitear a ti.

Parece intrincado, pero en realidad es sencillo: si el mensaje es bueno, es beneficioso para uno ser de los primeros en hacerlo viajar. Puedes rascar retuits y seguidores. Solo hay que ver lo que pasa cada noche en la que se emite ‘Salvados’, por ejemplo.

3. Fans y antifans. En Twitter no eres nadie si no tienes una cohorte de aduladores y una tropa de críticos. Eso significa que no pasas simplemente por ahí, sino que te haces notar. Supongo que esa es la teoría. El retuit a menudo es una forma de reconocimiento de una cosa o de otra, un ejercicio unívoco que puede equivaler tanto a peloteo (fijáos que interesante lo que publica este tipo) como a crítica (ya está este elemento escribiendo mierdas).

Al final el efecto viene a ser el mismo. Ni unos ni otros se leen lo que el tuitero de origen comparte. Unos porque confían ciegamente en que es algo muy interesante y otros porque consideran que es una porquería.

Esas son mis tres teorías al respecto, pero seguro que los lectores de este humilde blog tienen algo que decir al respecto. Si es así, para eso están los comentarios.

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