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Cámbiame ese cromo

Hice mi última colección de cromos con motivo del Mundial de EE.UU. ‘94. Tenía 16 años y ya empezaba a desengañarme del fútbol. Recuerdo esas últimas sensaciones de relativa emoción al comprar un sobre y comprobar si aparecían jugadores que aún no tenía, o si al menos los repetidos tenían pinta de ser canjeables en buenas condiciones con otros compañeros de clase. En cierto modo, fue uno de los actos de despedida de la niñez que biológicamente ya había dejado atrás, pero que emocionalmente aún coleaba a ratos.

Lo raro es que en realidad nunca fui de coleccionar cromos, sino más bien de jugar con ellos. Me gustaban las partidas que se organizaban en el barrio, el mercadillo de préstamos y donaciones, las asociaciones interesadas que duraban lo mismo que la buena suerte, o las triquiñuelas que a veces decidían el destino de tacos inmensos. Hasta no hace mucho conservé todos esos cromos, de hasta 14 temporadas diferentes, que habían ido quedando de año en año en una caja de latón que en su momento traía galletas. Hasta que un día los revisé con cariño, uno a uno, por última vez, y después los tiré al contenedor azul.

Había en ese taco un puñado de ratos memorables, unas cuantas rabietas, trampas inconfesadas e inconfesables, pero sobre todo la sensación de que la vida un día fue tan fácil como para que sólo me turbara el ánimo haber ganado o perdido una partida. Ahora sigo el fútbol de forma ocasional, y veo en los banquillos a algunos de los jugadores que estaban entre mis cromos en su momento de esplendor. Entrenan a chicos que son bastante más jóvenes que yo, y ya se me hace raro eso de decir que un jugador está mayor, teniendo en cuenta que voy camino de cumplir 32 años. El tiempo ha pasado por ellos y por mí, y esos cromos forman parte de recuerdos de un patio que ya ni siquiera es el mismo, igual que quienes jugábamos en él.

La mayor partida de mi vida me la llevé lejos de allí, en otro barrio, gracias a Juan José, del Cádiz, y a uno de Las Palmas cuyo nombre ya no soy capaz de recordar. Me fui a mi casa con una bolsa llena de cromos, triunfador y radiante. Nunca he vuelto a sentirme como aquel día.

El tipo que se escaqueaba de las fotos

taking photos #2

Image by .Michi. via Flickr

Me afearon la actitud hace unos días y tuve que reconocerme en la crítica. Tiendo a escabullirme cuando hay fotos de por medio. Si alguien saca la cámara, me pongo nervioso, porque me siento incómodo posando. No tengo ni idea de qué hacer con brazos y piernas, y siempre tengo la sensación de que aparezco con caras que en realidad no son la mía. Luego las miro y no me reconozco, me pregunto por qué hago esa mueca o exactamente qué pretendía hacer con ese brazo estirado así.

Supongo que por eso siempre prefiero ser el fotógrafo, además de porque es un arte fascinante y revelador de uno mismo. Las fotografías que cada cual hace da una idea muy aproximada acerca de lo que es o lo que quiere ser, y sobre todo de su forma de ver la vida. Me interesan los puntos de vista diferentes sobre lo que ya todos hemos visto, y en cierto modo eso es lo que yo trato de hacer con todas mis limitaciones.

Otra cosa son las fotos de fiesta y su consideración casi automática como material casi público en redes sociales. Cada día uno puede ver en ellas muchas fotos básicamente malas, desenfocadas, desencuadradas, poco estéticas en general, que sólo aportan como valor el recuerdo de un buen momento. Que tampoco es mala cosa, desde luego. Pero no son las imágenes en las que me interesa aparecer, ni tampoco las que me gusta hacer.

Porque además del criterio estético al que pocas pueden acogerse, está también el sentido de privacidad, que cada vez es más difuso. Porque hemos pasado de pedir permiso para subir una foto en la que aparecen más personas, a tener que pedir que retiren alguna en la que aparecemos sin que nadie nos haya dicho nada o mucho menos pedido licencia. Y eso en según que imágenes no es plato de buen gusto, porque uno no siempre aparece todo lo presentable que debiera en según que circunstancias, ni tampoco tiene por qué cortarse aunque sepa que hay cámaras pululando por ahí, recogiendo escenas de las que quizás sólo se acuerde cuando de repente las vea en Facebook.

En su momento creé en esa misma plataforma un grupo para denunciar esa práctica inconsciente y que mucha gente se toma a la ligera. Porque el único propietario de mi imagen y de los derechos de su reproducción soy yo, y no me apetece aparecer en fotos indeseadas de momentos en los que quizás ni siquiera sabía que hubiera cámara de por medio. Y como soy fiel a esa teoría, procuro desaparecer en los instantes en los que alguien tiene el dedo rápido.

En todo caso, y como reflexión final, a veces pienso en cuántos sitios diferentes habrá una imagen mía. Subida conscientemente, replicada automáticamente, robada manualmente o almacenada porque en su momento se la pasé a alguien que me la pidió o al que se la ofrecí. O en cuántas fotos aparezco de las que ni siquiera tengo noticia o no he llegado a ver. En realidad, es casi mejor no pensarlo.

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Canciones para una vida: “The sweetest taboo”

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Image by exquisitur via Flickr

Hace pocos días Sade publicó su nuevo disco, tras 10 años de espera desde el anterior, que a su vez había hecho esperar a su fans otros ocho respecto al precedente. Con estos números en la mano está claro que hablamos de una artista muy especial, que elabora sus discos sin prisa y con mimo. Y hoy me acuerdo de ella porque es habitual que en mi casa suene “The sweetest taboo“, una preciosa canción que apareció como single principal de su segundo disco de estudio, “Promise“, editado en 1985. Fue su segundo gran éxito, después de “Smooth operator“.

Este tema sigue las coordenadas que han hecho de Sade una artista muy característica: voz insinuante sobre una producción cuidada y elegante, cantando letras más o menos simples pero hermosas acerca del amor. Sigue siendo una compañera ideal para momentos íntimos o reflexivos, y para escucharla de fondo en cualquier momento.

Te recuerdo que todas estas canciones está incluidas en una lista que tengo en Spotify.

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Adictos al sexo, los nuevos enfermos

A view of Tiger Woods as he walks off the 8th ...

Image via Wikipedia

Ayer me enteré de que la adicción al sexo entrará a formar parte de la próxima edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM 5), la biblia de la psiquiatría. No es cosa menor, porque en ese libro se recogen todas las patologías que se reconocen como enfermedades reales, y esa inclusión hace que el tema atraviese de golpe la línea entre el chiste y la reflexión.

Por lo que parece, alrededor de un seis por ciento de la población padece de este mal, aunque uno diría que es una enfermedad de ricos. De gente que puede permitírselo, básicamente. La primera noticia que tuve de ella fue hace años por un escándalo protagonizado por Michael Douglas, que debía de llevarse a la cama a todo lo que se cruzaba. En aquel momento pensé que se trataba de una excusa miserable como otra cualquiera para justificarse ante su mujer. Pero parece que el tiempo le ha dado la razón.

Recientemente hemos tenido otro caso más mediático y bastante más humillante para su protagonista, por la mofa que ha causado durante semanas. Me refiero a Tiger Woods, que ha vivido seguramente las semanas más horribles de su vida después de que se descubriera la hilera interminable de mujeres con las que se acostaba.

En todo caso, la diferencia entre un adicto y un ligón vicioso es difusa, como lo son siempre los límites de todas las enfermedades de este tipo. Ayer un tipo comentaba en la radio que en realidad la cosa no depende del número de veces que le des al sexo, sino de la necesidad que sientes de hacerlo independientemente de cuánto lo practiques. Así que si crees que sufres de este mal, amigo lector, no dejes de ponerte en las manos adecuadas para tratarte. Las que consideres más oportunas…

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¿Has visto este billete?

Desde hace tiempo tengo la costumbre de firmar los billetes que pasan por mis manos, como experimento curioso. La idea es ver si alguno de ellos regresa a mí después de haber servido para pagar otras cosas, o incluso con alguna otra inscripción, como en el relato que en su momento escribí sobre esa idea. Soy consciente de que en cuanto pasan por un banco son destruidos, pero aún así sigo haciéndolo.

En todo caso, en las últimas semanas he dejado de lado la firma y he comenzado a escribir el nombre de este blog. O lo que es lo mismo, mi “indentidad corporativa”: Dulce desastre. Lo he hecho porque mi firma no es muy diferente a la de muchas personas, y de este modo es más fácil localizarlos o distinguirlos. También he decidido darle algo de bombo por aquí al experimento, porque estaría muy bien que algun@ de vosotr@s encontrara uno de esos billetes y me lo hiciera saber con un comentario o me enviara una foto, diciéndome dónde lo ha encontrado.

Os dejo en esta entrada una imagen de uno de ellos, con la firma tipo, para que os hagáis una idea de cómo podéis distinguirlos. Y si os topáis con alguno, no dejéis de decírmelo por aquí. Entre todos podríamos trazar la azarosa vida de un billete cualquiera :D . Muchas gracias.

Actualización: Unaiaia me ha descubierto a través de Twitter una página muy interesante de un proyecto para registrar billetes de euro y ver su trayectoria. La podéis ver aquí.

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