Nico Abad como síntoma de lo demás

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Durante algunos años me gané la vida escribiendo crónicas de carreras de motor en el portal de una multinacional, a través de una agencia. Hoy me resulta incluso extraño pensarlo, ya que nunca tuve el más mínimo interés por ese mundo, pero se dieron así las cosas.

Esos escritos probablemente no pasarían una prueba de un aficionado de verdad y soy muy consciente de ello. Pero afortunadamente me tocó escribirlos antes de la llegada de las redes sociales y hoy están ocultos bajo montones de información mucho más interesante.

La reflexión viene a cuento de que, un fin de semana más, me he enterado de que se habían disputado carreras de motos por ver a Nico Abad como TT en Twitter. El narrador de Mediaset aparece invariablemente ahí cada vez que se disputa alguna prueba, y siempre para mal. Es objeto permanente de centenares (cuando no miles) de insultos, vejaciones y mofas, y no parece que haya alguna estrategia para evitarlo.

Cuando hablo de estrategia me refiero a una actitud en general que denote que la potente apuesta por las redes sociales de Mediaset también tiene información de vuelta, que hay una escucha activa que influye sobre la cadena. No creo que haga bien a nadie que el narrador de las carreras de motos sea vilipendiado por sistema en Twitter y eso se haya convertido incluso en un acontecimiento esperable y esperado.

Yo no veo esas retransmisiones, de modo que no puedo estimar si las críticas pueden ser razonables o no. Por lo que he visto, se le acusa de no tener mucha idea, de narrar con un estilo cuestionable y otras cosas que probablemente son opinables en buenos términos. Lo que seguro que es intolerable es que eso se convierta en una cascada de insultos. Y eso deberíamos tenerlo claro como punto de partida.

Que en Twitter el anonimato (incluso sin él) y la mala educación van de la mano no es noticia. Cuando uno no tiene que rendir cuentas por lo que escribe, sino que se parapeta tras un personaje ficticio en el que vuelca parte de sí mismo, las posibilidades de decir barbaridades se disparan. Por eso muchos de los tuits con peores aportaciones sobre Nico Abad se basan en avatares de películas o dibujos animados, con bios de frases que pretenden generar alguna clase de interés en el posible seguidor.

En la particular economía social de Twitter, es más rentable insultar con gracia que aportar con criterio. Y no es algo que determine la plataforma, sino que viene dado por nuestra educación o la ausencia de ella. Si premiamos las malas conductas con la recompensa social del retuit, el favorito o el halago al ingenio, lo único que promovemos es que esos comportamientos sean los predefinidos para ‘triunfar’ ahí, y que las actitudes constructivas sean dejadas de lado por poco rentables.

No conozco a Nico Abad ni tengo suficientes referencias de su estilo para saber si está en el lugar adecuado haciendo el trabajo que le corresponde. Ese juicio lo evalúan a medias la audiencia y la cadena, supongo. Lo único que sé es que no me gustaría ser el que cada día cuando va a trabajar sabe a ciencia cierta que le van a poner a caer de un burro de formas realmente miserables.

Nuestro problema (uno de tantos) como sociedad es que hemos mezclado de forma irremediable la crítica con el insulto. Y consideramos que la libertad de expresión abarca esto último sin cuestionarnos nada más. El empobrecimiento de nuestras facultades discursivas o retóricas probablemente tiene mucho que ver con lo fácil que resulta decirle a alguien que es un perfecto gilipollas a argumentarle un desacuerdo de base sobre un pensamiento o actitud.

Al margen de que Twitter me parece escasamente representativo a todos los niveles (sesgos evidentes de edad y formación, bajo nivel de uso real, spam automatizado en cantidades industriales) no deja de ser un reflejo de una parte de lo que somos. Y a menudo deberíamos reflexionar un rato sobre lo que ofrece.

Facebook (y las demás redes sociales) juegan con las cartas que tú les das

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Estos días he leído mucho acerca de la controversia con el experimento secreto que Facebook hizo con casi 700.000 usuarios. Para resumirlo, simplemente podemos decir que la plataforma manipuló lo que esa gente podía ver para analizar su reacción, especialmente en torno a sus pautas de entrada y uso.

Nos puede muy poco ético, un abuso encubierto o como cada cual lo quiera llamar. Pero lo cierto es que, en ese contrato de adhesión que supone marcar que estamos de acuerdo con sus términos de uso, estamos avalando que Facebook haga lo que quiera con nuestros datos. Y, por extensión, con nosotros.

La pregunta en este caso es si la gente es consciente de ello. Y la respuesta más natural es que no. Entendemos la vida en términos de pago-no pago (dinero) y olvidamos que en internet en general (y en las redes sociales en particular) el dinero no es lo más importante. Al menos no de forma directa. Lo más relevante ahí es el rastro que dejamos, de manera consciente o inconsciente, y que nos hace monetizables. Porque nosotros somos el producto a la venta.

Llevo bastante tiempo trabajando con plataformas sociales, y en este tiempo he sacado algunas conclusiones que determinan mi percepción de ellas y mi propia aproximación personal al fenómeno. Y reconozco que resultan contradictorias. Hace casi un año que decidí borrar mi cuenta anterior de Facebook y crear una sin datos, exclusivamente para manejar las páginas que profesionalmente gestiono. Simplemente, dejé de confiar en esa red social.

De la misma forma, borro habitualmente mis fotos de Instagram (no son muchas, uso esa cuenta más que nada para pedir sus imágenes a otros) y mi cuenta de Twitter está programada para eliminar mis tuits con más de 7 días de antigüedad (también eliminé un perfil anterior porque no me tranquilizaba dejar una hemeroteca incontrolada para los restos).

¿Por qué alguien que trabajar en participación y medios sociales no confía en esas plataformas, y espera obtener de los usuarios aquello que ella misma se abstiene de hacer? Es una pregunta interesante que me sitúa en una contradicción evidente que no oculto. No me gusta decirle a desconocidos lo que hago o dejo de hacer, dónde estoy o qué pienso sobre cualquier cosa. En primer lugar porque considero que a nadie interesa, salvo a las personas que me conocen. Y también porque es una brecha de inseguridad basada en el exhibicionismo que a mí no me compensa (es evidente que a muchos otros sí).

En el debate sobre qué hacemos en redes sociales, que se sustenta en identidad (lo que eres), imagen (lo que los demás creen que eres) y reflejo (lo que piensas que los demás creen que eres), cada vez damos por amortizada mayor cuota de nuestra privacidad. Si le dijera a mi padre lo que la gente cuenta o hace en redes sociales, probablemente le costaría mucho entenderlo, pero mi sobrino está creciendo bajo percepciones de vida publicada que le harán asumirlo como natural, igual que las recompensas sociales de reconocimiento o repercusión que regulan este mundo.

En mitad de todo esto, nos exponemos precisamente a que Facebook o cualquier plataforma social juegue y experimente con nosotros para observar nuestras reacciones y actuar en consecuencia, en función de intereses difícilmente previsible. Aunque en el caso que nos ocupa es probable que esos datos hayan ido a crear un corpus estadístico que permita a Facebook entender qué debe mostrar para que la gente siga entrando en el sitio (lo negativo espanta y crea problemas, por eso no hay botón de “no me gusta”), semejante poder debería preocuparnos.

Por eso yo recomiendo a todo el que quiera escucharme que se pare de vez en cuando a auditar lo que muestra de sí mismo en redes sociales. La inercia de transparencia sobrevenida nos hace sentir naturales cosas que quizás, con un poco de reflexión, podríamos ver de otra manera. Ese rato de reflexión es lo que marca la diferencia entre usar plataformas sociales o ser usado por ellas.

Los becarios

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Hace unos 14 años que fui becario. Pasé dos meses en una empresa de comunicación de Bilbao que hacía resúmenes de prensa y estudios de impacto sobre diferentes clientes. No aprendí mucho, pero gané dinero, que era de lo que se trataba (nunca he trabajado gratis), mientras definía mi siguiente paso a seguir. Al final de los dos meses pactados, me ofrecieron quedarme y les dije que no.

Mi carrera ha sido una mezcla de decisiones arriesgadas y golpes de fortuna, quizás como la de cualquier otro con un cierto recorrido. Cuando empecé en esto, no tenía muy claro qué quería hacer, y escogí periodismo como podría haberme decantado por la segunda opción, profesor de literatura francesa del siglo XIX. Salvo por el matiz de que no sé demasiado francés y quizás algo tan específico no me hubiera servido de mucho.

Aquellas decisiones, las de hacer prácticas en aquel sitio y después rechazar un contrato con un salario razonable para un chico sin experiencia que aún tenía que cumplir los 22, fueron las primeras que tomé como parte de un plan maestro trazado en el aire. Hasta entonces, la pérdida de tiempo que supuso la universidad acolchó el reto de meditar los primeros años de mi carrera profesional, en función de aptitudes, objetivos y recursos.

Estos días me he acordado de esos paseos por el Casco Viejo en los que me planteaba qué haría después, en aquellos descansos de 15-20 minutos a mediodía. Ahí empecé a cultivar el diagrama mental de Venn que implica cruzar lo que te gusta hacer, lo que sabes hacer y lo que tienes la sensación de que te pagarán por hacer. Y de ahí llegaron algunas decisiones.

Veo esas sensaciones en los becarios que han llegado a El Confidencial, jóvenes y con ganas de empezar a probarse en el mundo laboral del que probablemente no les han hablado lo suficiente. La vocación resiste mal los primeros bocados de realidad, porque esta profesión es bonita, pero a la vez es una amante esquiva que te castiga con malos ratos ocasionales. Sobre todo si nadie te ha preparado para lo que te vas a encontrar y para encajar el coste que tienes que afrontar en determinados momentos.

No me gusta ofrecer consejos, porque en cierta forma te cargan de responsabilidad, pero todo lo que les diría a ellos, y a cualquier otro que comienza este camino, es que hay que demostrar. Ese es un verbo bonito, lleno de significado y fuerza, basado en la necesidad de dar la talla ante los demás, pero sobre todo ante uno mismo. Les diría que aprendan a ser autocríticos, que sean más exigentes con ellos mismos que con los demás y que se planteen su vida profesional en torno al círculo virtuoso de cualquier gestión: solucionar problemas y crear oportunidades.

Así al menos lo he hecho yo y hasta ahora me ha ido razonablemente bien, con altos y bajos que agradezco, porque cada vez que se han complicado las cosas he aprendido un poco más y me he descubierto cosas nuevas a mí mismo. Ese entrenamiento para el terreno irregular que es la vida (profesional y personal) es siempre positivo. Y en mi caso empezó en aquella empresa de dos personas en la que por primera vez me gané la vida como periodista.

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